El Hardcore se hace a sí mismo

La Avenida Eugenio Garzón, parece el rastro de una cuadrilla de vialidad indecisa. Carteles de desvío, media calzada de un lado y del otro, serenos cuidando carpas con palas, cascos y cintas amarillas en forma de ovillo. Se ve el accionar del pico y de la retroexcavadora. Todo a medio hacer. Como aparentando que faltan un millón de años para que la vía quede en condiciones.

El Cuatrosesentayocho agoniza en La Paz. A bordo del mismo van adolescentes en plan de baile y piel, el infaltable viejerío, los ordinarios de siempre y ningún vendedor de medias. La próxima parada es la de la fábrica de automóviles NORDEX, pasando Plaza Colón y antes del Anillo Perimetral.

(Los cuerpos se apilan de acá para allá en un solo segundo, marea de empujones y escupitajos con la wagneriana impronta del nervio y el ganglio infectado. Las mandíbulas traquetean al son de las patadas en los tobillos)

«De la NORDEX pa´adentro» es la consigna. Pasando la vía se termina el camino iluminado. Pareciera que un hacha hubiese cercenado a la calle en dos, dejando nuestro destino en tinieblas. Jocosamente podría agregar que nada es casual y que estos chicos «Hardcore» no tienen un lugar más alejado donde ir a tocar. La calle es de tinta azabache y cañas a los costados, escenario ideal para un tinglado de los que espeta Canal 4, trozo de suburbio, galpones, esqueletos de casas sin varillas o algún hierro similar. Estamos en Colón y caímos por un poco de Hardcore, ya casi llegamos.

La Bodega «Viejo Colón» está okupada desde hace un tiempo. Cuenta la leyenda, que el propietario al ser embargado por la comuna capitalina, le ofreció el lugar a unos «anarkopatineta» para que se colgaran del suministro de UTE e hicieran de ese lugar obsoleto, un espacio para plasmar lo que sienten sobre una BMX sin frenos o enchufando guitarras y pedales. Se han hicieron varios toques en este tiempo: con presencia policial por denuncia vecinal de ruidos molestos, con lluvia, con poca o mucha gente, con la certeza de que en cualquier momento se puede terminar, o seguir de otra forma.

(Cabezazo con alma de martillo, micrófonos que se caen, líos de cables, gente flotando en una marea de parias, pegando patadas epilépticas, sudor de punkies, cinchada de pelos, caída al piso con posterior ayuda de los compañeros del pogo)

Hoy tocan seis bandas afines al Hardcore-punk o corrientes derivadas del mismo. El Hardcore es la evolución del punk. llegando a un estilo más rápido, (Sí…se puede hacer), o con mezclas e influencias del Trash Metal y Grindcore etc. Es un estilo que apela al impacto y a la rapidez desde el primer momento, con gritos guturales que enrojecen gargantas propias y ajenas, de choque, generando voltios en el piso y por el aire. Plankton, Avitación 101, Nadie escucha, La verguenza de la familia y Beatriz Carnicero. Ellos ejecutarán los acordes esta noche. Grupos afines entre si, partícipes de una movida subterránea cuyo principal leitmotiv es que no sea catalogada como movida. El hardcore es hermano de los movimientos sociales, políticos y culturales que parten de la autogestión y el rechazo a toda estructura de poder, o lambetas similares. Con la premisa del «Hazlo tú mismo», pueden juntarse a tocar con el fin de juntar alimentos para alguien supuestamente mal encanado, hasta celebrar tocar en tugurios, plazas o en el fondo de la casa de alguien. El hardcore puede ser una consecuencia de estos movimientos sociales, o uno más de ellos. El juicio…»Hágalo usted mismo».

La bodega queda a la izquierda del camino, entramos y hay un par de camionetas y gente afuera. Un galpón enorme del que parten ruidos para todos lados, apuñalando la noche que supura llovizna. Un portón corrido hacia la derecha nos da la bienvenida, fierros viejos, pedazos de estructuras que en algún momento ayudaron a fermentar uva. Estamos en la pista de skate y BMX. La bodega tiene la particularidad de tener la pista en el medio, rodeada de los antiguos tanques de fermentación, en cuyo techo se propone otra plataforma. Tenemos una pista rodeada de paredes, donde camina gente por arriba y por abajo, por diferentes niveles, de aquí para allá, a pie, con un instrumento o una patineta hecha mierda. Para ser más gráfico: imagine una fábrica abandonada de las películas, con una pista de skate, bandas tocando, mucha gente y tranquilidad. ¿Lo imaginó? Bueno, en el barrio Colón hay una de esas.

Los bikers y skaters del suburbio, pueden ser afines a los de la Rambla Armenia o Parque Rodó, pero no son lo mismo. Acá las patinetas toman bordes y piruetas de igual forma, pero con más golpe. No hay rodilleras o frenos nipones en los puños, se toma la rampa y se le da, sobrio o chispeado, acá son las rampas suburbanas y subterráneas, de tabla despintada y con los ejes flojos. Muchas de las rampas son tablas de compensado o Durabol, otras son estructuras hechas con pedazos de  tanques de almacenaje de vino. Cilindros  que fueron cortados en cuatro, proporcionando «loops» de impulso y choque. «SE TÚ MISMX BMX», consigna escrita en las paredes de la pista, junto a mucho graffiti indescifrable y Hardcore, todo está intervenido, todo es de todos.

De la pista de skate vamos por otro pasillo hacia el lugar donde tocan las bandas. Punkies, niñas punkies, borders, veganos, lumpenes, mantequitas, borrachos, pesados, conocidos,hermanos, amigos, desconocedores, críticos y más niñas Hardcore. Ellas portan medias de red con abundante uso, piercings, tatuajes o pelos teñidos de colores. Mezclan la ingenuidad de una remera de “Hello Kitty” con besos quemantes a su pareja, la estampa de una nenita dulce y maldita, hecha para querer u olvidar. Así son las niñas Hardcore.

El público del toque supera las 50 personas, las bandas ejecutan su historieta en más o menos 20 minutos, gente trepada hasta de las maderas que sostienen la estructura de techo de dos aguas. Si fuese una película de Van Damme estarían todos con los dólares en el puño para apostar. Pero por suerte no es una película de Van Damme, es una noche de punk al mango.

La zona donde tocan las bandas queda después de subir una escalera, flanqueados de tanques de vid nuevamente, con un hilo de agua que moja los championes de lona. Hay una mesita con fanzines y discos a la venta. Es común que el fanzine sea uno de los medios de difusión y concientización del movimiento. Hojas fotocopiadas en forma de revistita, que traen temas de interés, como veganismo, antiglobalización, resistencia, anarquismo, rechazo absoluto a la policía, autogestión, recursos alternativos, etc. Se venden a voluntad o para llegar a las monedas de algún flete de equipos o boleto interdepartamental del vendedor de fanzines.

(Arenga, agradecimiento a los que cayeron por ahí. Acoples, palo en la batería, doble bombo, micrófono aferrado entre las manos. Golpes. Pero las sonrisas flotan por sobre los codazos, o los empujones. Impacto contra la pared, regreso al borbollón, más patadas y piñas)

El alcohol hay que ir a comprarlo lejos o traerlo puesto o en botella. Acá no hay servicio de bar o uno vendiendo vasos a veinte pesos en la puerta con una damajuana abajo del brazo. La gente copa las escaleras y demás sectores. Hay una mesa de ping-pong improvisada en el segundo piso. Desde arriba se ve la tormenta del pogo, de los empujones. Los platillos sangrando, guitarras y bajos rugen. Es una polaroid de la velocidad, el impacto y el corte en el momento justo. Las bandas hermanadas entre sí, por el hecho de que unos tocan y otros están agitando, según la posición que ocupen en la grilla. Contra los parlantes hay gente cabeceando solamente, se los traga el pogo y los devuelve. Los músicos se confunden con la masa, se trastocan pedales, se ajustan a la carrera, se toma un trago en botella dentro de bolsa de supermarket.

A las dos de la mañana finaliza la velada. Algunos hacen pantalla con las palmas en un fuego improvisado en el fondo de la bodega. Otros juntan plata para el bondi, compran fanzines, desmorrugan mientras piden hojillas. Un Fiat 128 de color opaco es empujado hacia la calle por muchas crestas, la llovizna sigue acompañando al suburbio. Las bicis siguen eyectándose un par de metros. Se juntan los cables y se reparten abrazos.

Serán dos o tres. Vinieron hasta acá, andá a saber de dónde. Van para Garzón. Las espaldas estampadas con todos los parches y garabatos punks que imagines o conozcas. La lluvia no los perjudica, los fortalece. Igual que venirse hasta los confines del universo montevideano y del rock correcto, para hacerse un poco a sí mismo. Una vez más.

Por José Luis Rodríguez

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