El reencuentro y lo qué vendrá

15 de setiembre en México

Estábamos dejando atrás el Periférico y empezábamos a transitar las callecitas que nos llevarían a la parte más alta del Cerro Huayatla, en la Magdalena Contreras. El pasado 15 de septiembre, nos esperaba la tradicional Cena de Independencia en casa de nuestra amiga Silvia. Muchos días antes de volver, cuando estábamos preparando nuestro viaje, ella nos comprometió para que la noche de «El Grito» la pasáramos juntos.

Treinta años habían transcurrido desde nuestro último 15 de septiembre en México, lo que no significaba que hubiésemos perdido la tradición: seguimos celebrando esa fiesta en Uruguay; pero ahora, a la emoción del reencuentro con nuestro país de adopción se sumaba ésta, de volver a celebrarla allí.

Esa mañana, luego de desayunar, nos fuimos a Coyoacán para ver los preparativos en ese lugar que tiene una historia muy rica en materia de festejo de la Independencia. Apenas saliendo del hotel nos encontramos con la fiesta del color: México era verde, blanco y rojo. Las casas particulares, los bares, los restaurantes, los edificios públicos, las plazas, todo estaba embanderado o adornado con los colores del símbolo patrio. Y si esto no hubiese sido suficiente, una gran cantidad de vendedores ambulantes, exponían su mercadería y el verde, blanco y rojo aparecía en las chombas, los molinillos, los pañuelos, las bolsas, pequeños zarapes, llaveros, imanes y los sombreros de mariachi en miniatura.

Mujeres y hombres paseaban y vestían pantalones blancos, camisas verdes y paliacates rojos, o faldas verdes, blusas blancas y flores rojas en el pelo. En el Zócalo de Coyoacán, la plaza central de esta delegación, el estrado estaba adornado con una bandera mexicana de nueve metros de largo por tres metros de ancho, hecha con flores, con una precisión en el águila y la serpiente que impresionaba por su admirable trabajo de realización.

Caminamos, recorrimos el Mercado y con ese espíritu patriota y festivo esperamos luego en el hotel, donde nos recogerían en la tardecita. A las seis de la tarde sonó el timbre del teléfono:

– Bueno…

– Órale -dijo la voz de Silvia del otro lado-. Estamos tantito demorados, pero Miguel pasará por ustedes al cuarto para las siete.

Fue puntual, nos recogió en el hotel con su taxi y ya estábamos subiendo el cerro. Sabíamos que sería una noche de sorpresas y emociones y la primera apareció cuando faltando media hora para llegar a destino, nos dijo:

-Acá nos vamos a aparcar un momento pos’ horita llegarán unas gentes que no conocen bien el camino y a quienes debo guiar hasta la casa.

Al ratito paró una camioneta de la que bajó una mujer que al grito de nuestros nombres nos abrazó, besó y apachurró con todas las fuerzas que le permitieron sus brazos. Cuando aflojó, traté de separarme un poco para poder mirarla bien y vi que ni el paso del tiempo, ni las arrugas, ni si pelo más corto que antes, podían borrar su mirada dulce y la sonrisa de treinta años atrás. Alejandra, actriz, compañera, alegre, solidaria, generosa, me miraba con sus ojos grandes mientras repetía: «No lo puedo creer, no lo puedo creer».

Salí de ese abrazo para caer en otro, porque allí estaba Rodolfo, alto, elegante, manteniendo la postura del maravilloso bailarín que fue. Sus brazos largos me apretaron muy fuerte, trasladando sentimientos que, a veces, solo el lenguaje corporal puede hacer.

Pasadas las primeras emociones del encuentro, volvimos a los coches y continuamos por el camino hacia el cerro de Huayatla. Durante el recorrido que faltaba, el chofer conversó todo el tiempo, sabía de Uruguay, de «Pepe» Presidente, de nuestros logros económicos, de la baja del índice de pobreza, del porcentaje de desocupación más bajo de nuestra historia. Pero Miguel quería saber más y preguntó por la salud, la seguridad, los beneficios sociales, la vivienda, etc. Yo no quería ser descortés pero a la vez tenía una gran necesidad de mirar y disfrutar todo lo que me rodeaba. Las callecitas se fueron haciendo cada vez más angostas hasta convertirse en callejones que sólo daban cabida a dos autos que casi se rozaban al cruzarse. Casitas con jardines, algunas muy modestas, otras bastante lujosas, convivían con gran naturalidad. Las familias se preparaban para el festejo, algunos todavía salían del abarrote con las compras de último momento, otros conversaban con los vecinos o recibían en su casa a amigos y familiares.

A medida que subíamos, el ambiente algo más libre de smog, nos permitía ver algunas estrellas, cosa muy inusual en ciudad de México.

Finalmente llegamos a la casa. Una escalera de piedra en varios tramos, nos fue llevando por distintos niveles de jardín con diferentes plantas, árboles, flores donde las infaltables cempazuchitl hacían resaltar su color amarillo fuerte en medio de los variados tonos de verde. Con paredes de madera y revoque grueso tipo mediterráneo, pisos de madera lustrada, cuadros, pinturas y artesanías de varios estados mexicanos, la casa era un lugar cálido y acogedor.

En la parte más alta nos esperaba Silvia dándonos la bienvenida entre abrazos, lágrimas, risas, besos y gritos de alegría. Nos esperaban además, tres mexicanos amigos de ella, a quienes nosotros no conocíamos, pero que nos recibieron como si fuéramos amigos de toda la vida.

Había un comedor grande con cocina incorporada y una mesa con cerámica de Oaxaca sobre mantel blanco. Un arreglo floral con claveles rojos y blancos y hojas de bugambiglia en la base, era el adorno central. Al frente de cada plato, pequeñas escarapelas con la cinta rayada en verde, blanco y rojo, y una banderita mexicana en pequeño mástil de madera negra.

Al costado, un confortable living con una mesa ratona donde la botana, en potiches de cerámica con totopos, salsa verde, salsa roja, mayonesa con chile jalapeño, zanahoria con sal y limón y una fuente de jícama, hizo las delicias de nuestro paladar. Agua de jamaica y de tamarindo y, según los entendidos, el mezcal artesanal más rico de México y el tequila reservado de mejor nivel. Para los amantes del vino había un carmenere chileno, aporte de uno de los amigos.

Mientras disfrutábamos la botana, platicamos por más de dos horas de muchos temas que nos eran comunes: el teatro, la pintura, la Universidad, la política uruguaya, la política mexicana, la danza.

Entre las anécdotas de nuestros años de exilio recordamos cuando en una gira por Guerrero, en Chilpancingo, se incendió el camión cargado con las escenografías y los vestuarios de dos espectáculos que a los pocos días tenían que salir a una gira latinoamericana. Vueltos al DF, se puso en marcha una maquinaria perfectamente organizada en base a la solidaridad de los mexicanos:

-Acá está mi máquina de coser y mi tiempo para lo que ustedes necesiten.

-Mi camioneta está estacionada en la puerta, tomen la llave y dinero para la gasolina.

Y así, sin pedirlo, máquinas de coser, costureras, materiales de todo tipo, mano de obra para realizar pelucas, utilería, accesorios, aparecieron en nuestro local tras conocerse la noticia.

A ésta siguieron otras anécdotas: el recuerdo de los momentos vividos juntos, la integración de Silvia a alguno de nuestros espectáculos, hasta que llegó el momento de El Grito, que era transmitido por televisión en cadena nacional.

Como es habitual, el Zócalo en el centro histórico del DF estaba totalmente cubierto de gente que aguardaba la salida del Presidente al balcón del Palacio de Gobierno. Gente de todo tipo: desde los «acarreados» hasta los que se acercan con un profundo sentimiento patriótico, pasando por los turistas curiosos.

Y allí apareció Enrique Peña Nieto que recibió silbidos de desaprobación mezclados con aplausos. Vestía traje oscuro, camisa blanca, corbata blanca y gris rayada y banda presidencial, peinado impecable y afeitada reciente. Uno tenía la sensación de estar oliendo su perfume. Lo acompañaba su esposa, vestida con falda larga negra y blusa rosa mexicano, cabello recogido y prolijamente maquillada, cuidada hasta en los más mínimos detalles. Todo tenía algo de frívola puesta en escena, pero la emoción me fue ganando cuando lo vi sosteniendo la bandera mexicana y cuando oí los «vivas» de más de un millón de mexicanos sacudiendo sus sombreros y banderas como respuesta a cada héroe que se mencionaba.

Entonces sentimos los Vivas a Hidalgo, Morelos, Doña Josefa Ortiz de Domínguez, Allende, Aldama, Galeana, Matamoros, Guerrero, hasta el último «Viva a los héroes de la independencia que nos dieron patria y libertad», cerrando con el » Viva México, Viva México, Viva México».

Y al sentir los campanazos (en la misma campana que hiciera sonar el cura Hidalgo) y los primeros acordes del Himno Nacional mexicano, un «alguito» nos corrió a todos por dentro.

«Mexicanos, al grito de guerra/el acero aprestad y el bridón y retiemble en su centro la tierra/ al sonoro rugir del cañón…».

Y uno no podía dejar de sentir que el grito de guerra estaba dado, que en México la tierra retemblaba y que en el momento menos esperado, los mexicanos harían sonar el rugir del cañón.

Volvimos a nuestra conversación interrumpida, con las críticas al ex presidente Felipe Calderón y al propio Peña Nieto, pero esta vez ya instalados alrededor de la mesa y prontos para disfrutar la cena mexicana de Fiesta de Independencia. Silvia fue la cocinera que nos homenajeó primero con una sopa de verduras y caldo de pollo, luego el tradicional plato del 15 de septiembre: chiles en nogada y de postre escarchado de tequila.

Los chiles en nogada tienen su origen en la ciudad de Puebla. La leyenda cuenta que fueron preparados por primera vez por las monjas agustinas del convento de Santa Mónica, como homenaje a Agustín de Iturbide cuando volvía de firmar en Veracruz la independencia de México, el día de su cumpleaños. Se asan y pelan los chiles poblanos, se les quita la semilla y se desfibran. Luego se rellenan con un picadillo de carne de cerdo y de res, con ajo, cebolla, canela, ciruelas y uvas pasas, piñones, manzana, pera, durazno, sal y pimienta. Se cubren con una salsa preparada con queso de cabra, crema y nuez y se decoran con granos de granada. Y así, el verde del chile, el blanco de la salsa y el rojo de la granada combinan los colores patrios.

La cena duró hasta altas horas de la madrugada, en un clima de alegría del reencuentro y platicando sobre temas que mucho nos interesaban. Emprendimos el regreso, en el coche de uno de los amigos y mientras bajábamos el cerro vimos cómo el pueblito ya dormía, en silencio, dejando atrás la fiesta y preparándose para amanecer y volver a la cotidianeidad de un México agitado, rico pero lleno de pobreza, sufriente, alegre a pesar del dolor, donde se sentía que estaba despertando a algo más que un nuevo día.

Por Amelia Porteiro

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