Inundaciones en el litoral del país: Paysandú es la ciudad más afectada

Las fuertes lluvias acaecidas en el norte argentino, en parte de Río Grande do Sul en Brasil y en el sur del Paraguay hicieron crecer el cauce del río Uruguay, causando grandes inundaciones en el litoral norte de nuestro país. Bella Unión, Salto y Paysandú son las ciudades más afectadas. De éstas, Paysandú es la que muestra mayores dificultades. Se calcula que serán 3000 las personas evacuadas en todo el Uruguay, la mitad de ellas autoevacuadas.

Puerto bajo agua

El barrio conocido por la gente de la zona como Del Puerto, en la ciudad de Paysandú, está compuesto por los asentamientos Unión Portuaria y Ledezma. En la zona viven aproximadamente unas 1500 personas. La diagramación del barrio es en manzanas al estilo damero, estando las calles más alejadas de la costa, unas 3 cuadras, pavimentadas. Las más cercanas a la costa son enteramente de balasto o tierra. No hay veredas, y el barro abunda. Se llega desde el centro de la ciudad por la calle Ituzaingó, todo derecho hasta la Plaza Artigas, a una cuadra del puerto. Está atravesado por las calles Ledezma, Paz, Garzón, 25 de Mayo, Colonia y Colón, todas ellas anchas y arboladas.

Río de los pájaros pintados

Para hacerse una idea, la cota de inundación de la ciudad sanducera (el máximo al que debería de llegar el agua para no afectar a la población residente) es de 5,5 metros. A partir de allí, las viviendas que se encuentran sobre la costa comienzan a quedar debajo del agua. La inundación del año59, la más importante que se recuerda, alcanzó los 11 metros. La última inundación, en el 2009, llegó a los nueve metros. El SINAE (ver recuadro) estima que esta alcanzará los ocho metros, incluso pudiendo llegar a nueve. La explicación que surge desde la entidad remite a la incapacidad de soporte del caudal de agua en la represa de Salto Grande, lo que hizo necesario abrir más compuertas de las previstas. De no permitir el paso del agua, correría riesgo la infraestructura de la represa.

Complejidad de la zona

En la zona más cercana a la costa del río Uruguay, sobre la calle Colonia, las casas son enteramente de madera y chapas, viviendas conocidas como “de costanero”. De una o dos piezas, prácticamente ninguna tiene baño. Los techos son de chapas viejas y oxidadas, recubiertos en el interior por cualquier tipo de nylon, plástico o tela, como bolsas de Macromercado o banderas de Crufi. Algunas tienen piso solo de tierra, los muebles escasean y la basura desperdigada por toda la zona abunda, así como las ratas.

Al no haber baños, tampoco hay saneamiento, por lo que los escasos pozos negros suelen llenarse y desbordar rápidamente. Más aún cuando hay inundaciones. El olor a materia fecal y basura en el aire golpea al principio, pero a las pocas horas el olfato se acostumbra. Los perros, abundantes, pasean por el barrio, huelen bolsas de basura en busca de comida, y descansan en las calles. Uno de ellos corretea a un cerdo. Muchas familias tienen en sus terrenos dos o tres chanchas adultas, con sus crías. Se calcula que por cada cría puede sacar unos mil pesos. Para muchos residentes de la zona, esta actividad representa su principal fuente de ingresos. Otras actividades económicas importantes en el barrio son las del servicio doméstico o limpieza, changas de albañilería y clasificación de residuos. Muchos de los habitantes de la zona trabajaban para la Norteña, empresa fabricante de cerveza, pero cerró en el año 2003, dejando a muchos trabajadores desempleados. El puerto era otra fuente de trabajo de la zona, pero ha mermado notoriamente en los últimos años como fuente laboral.

A lo largo del día se ven a familias enteras sentadas en sillas de plástico, bancos de madera o en el piso, bajo los árboles o frente a sus casas, tomando mate y comentando los devenires del barrio. La mayoría son mujeres, cuidando a sus hijos mientras juegan a la pelota, a la payana o a tirarle piedras a las gallinas. Un hombre de unos cincuenta años trabaja en un precario taller de soldadura instalado en su casa; comenta que tiene miedo de perder las pocas herramientas que posee, y con las cuales le da de comer a sus hijos y a sus nietos. La ropa es usada o donada; evidencia de esto es la no coincidencia entre el talle y las personas, las remeras rotas y los vaqueros inverosímilmente gastados. Las chancletas y las sandalias predominan como calzado. Una ducha caliente es privilegio de pocos.

La principal fuente de comunicación es la oral; los rumores corren con la fluidez de un río. Los pequeños pero surtido almacenes son los centros de conversación, allí donde llegan las noticias tanto de fuera del barrio como de dentro. Comprar un litro de leche puede llevar unos treinta minutos. Todos, en mayor o menor medida, se conocen. La vida en el barrio Del Puerto, como en los más de los asentamientos, es en la calle y a la vista. El espacio para lo privado y la intimidad escasea.

Evacuar o no evacuar, esa es la cuestión

El problema de los animales es común a muchos residentes de la zona. Gran cantidad de ellos tienen chanchos, gallinas, gansos y vacas, además de perros y gatos. La evacuación en principio no tomó en cuenta esta situación, pero debido a la demanda por parte de los habitantes del barrio, se esbozó la posibilidad de armar un campamento en la zona del zoológico, que finalmente no se llevó a cabo. Esto hubiera presentado varios problemas: en primer lugar, no están marcados, por lo que puede generar conflictos de propiedad; además, el traslado de un animal de 400 kilos no es sencillo, debiendo realizarse un operativo especial para ello. Se calcula que solo en esta zona hay entre 50 y 100 porcinos, por lo que no es necesario aclarar la dificultad que la tarea conlleva. Además, se comunicó desde el SINAE que no se trasladarían animales domésticos, haciendo que muchas personas priorizaran quedarse al lado de sus caninos y armar campamento en alguna plaza antes que abandonarlos a su suerte.

Otro inconveniente que presenta evacuar una vivienda es el de los bienes materiales. Muchos residentes de la zona se resisten a salir de sus casas por el miedo a posibles robos. Comentan que ha sucedido durante las inundaciones pasadas. Es por eso que varios optan por instalarse en el techo de sus casas, o esperar a último minuto para irse, es decir, cuando el agua literalmente les llega a las rodillas. Las consecuencias siguen una vez retirada el agua: víboras, basura, ratas, entre tantas otras cosas, son las que quedan, y es en convivencia con todo esto que las familias deben retornar a reconstruir sus hogares.

Inevitable realidad

Las preparaciones para la subida del agua son tomadas con tranquilidad por los vecinos del barrio. Acostumbrados a que el río crezca cada tres o cuatro años, las generaciones mayores aprovechan para relatar viejas historias de inundaciones, comparándolas y contando como sortearon cada una de ellas. Los niños parecen no darse cuenta de la situación; continúan sus juegos en la calle, descalzos entre las piedras, el pasto y las bolsas de basura. Ya cerca de las cinco y largo de la tarde, el sol comienza a bajar. La temperatura es agradable para el mes de junio. El continuo movimiento de los vecinos, armando y desarmando, trasladando muebles y animales, hace que sus cuerpos no sientan frío. Un rancho de tres por cuatro metros, de madera y techo de chapa, es puesto sobre un carro a caballo y mudado tres cuadras alejado de la costa. En una esquina, a 200 metros de la costa, una familia comienza a armar una vivienda precaria a escasos 5 metros de la puerta de otra casa, no respetando el predio. Se genera una fuerte discusión entre las familias, siendo un momento tenso de la tarde. El rancho nuevo se queda. Una integrante de la familia que se vio perjudicada comenta que “esos son bravos y no te podés meter con ellos”.

El sol, escondiéndose tras los árboles del otro lado de la costa del río, ilumina con una luz tenue y clara. Por unos instantes, el barrio cambia. Una tensa calma abraza la zona. Los perros no ladran, los niños no gritan, los martillos no suenan, los llantos se detienen. Por un instante, el esplendor del atardecer abstrae, aleja, esconde la miseria. Sólo el sonido de un mate tomado hasta la última gota rompe el silencio.

Por Ignacio Linn

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