Visitas

Siete escalones. Siete. Los conoce de memoria. Está todo igual, pero distinto. Pasaron más de treinta años. La gotera del techo, aquella que su madre amortiguaba con la jarra de vidrio, era ahora un pequeño agujero que deja pasar la luz del sol. Hace frío. Se acuerda de las tardes lluviosas de invierno, sentado en la escalera leyendo historietas, cuando escuchaba a su abuelo cantando tango en el cuarto que quedaba arriba, mientras golpeteaba las maderas con el martillo. El olor a madera nueva. Eso extraña.
Los sábados la casa se llenaba. Desde la cocina se sentía el ruido de los platos y las tazas de café, su papá yendo de un lado a otro de la casa, fumando un tabaco negro que se mezclaba en el aire con el tufillo del puchero. Desde la escalera veía pasar mucha gente. Algunas caras conocidas, otras que cambiaban sábado a sábado. Sabía que a la sala no podía entrar, así que se quedaba sentado en los escalones de mármol, leyendo las tiras de Batman mientras el Negrito se resfregaba contra sus piernas con un ronroneo tibio.
Un día de agosto se apagó el canto, el choque de los pocillos y las volutas de humo. Supo que tenía que correr cuando escuchó que reventaban la puerta de entrada. Se escondió abajo de la cama del abuelo. A él también se lo llevaron.
Siete escalones. Siete. Ahora ella baja con una caja llena de cuadernos, libros y fotos. Se apura a ayudarla. Apoya su cabeza contra el saco rojo de lana y cierra los ojos, mientras le acaricia la panza. Bajan juntos y él se queda de frente a la escalera. La grúa está esperando la orden.

Foto: Flickr / Mauro Tomasini

Foto: Flickr / Mauro Tomasini

Laura Seara

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