Curvas de papel

Arde el sol de las tres de la tarde. Las maderas del porsche crujen por el calor.  Dentro de la casa es de noche. Las viejas persianas están cerradas y no dejan pasar ni un rayo de luz. Solo el reflejo del televisor ilumina el living.

Harold se sacude como un toro embravecido. Su equipo, los Houston Texans, va perdiendo en un desparejo partido contra los Giants de New York. Ni un milagro podría hacer remontar el resultado.

No lleva camisa, solo el gastado enterito de jean que usa para trabajar. Intenta despegar su espalda y sus brazos del cuero sintético del sillón negro y se pasa la mano rolliza y grasienta por la cara, cubierta de pústulas de pus amarillento, para secar el sudor. Busca la bolsa de papas fritas entre los envoltorios vacíos de galletas y snacks que están dispersos en la mesa ratona y el piso.

El árbitro marca el fin del partido. Harold arroja un almohadón hacia el televisor y se va de la habitación. Saca de uno de sus bolsillos delanteros una barra de chocolate. Tiene las manos resbalosas y le cuesta abrirla. Finalmente le da un mordisco. Rumia hambriento, mientras la pasta marrón se le mete entre los frenillos. Con su gruesa lengua se relame la boca y los dientes.

Entra a la cocina, donde Olla está preparando la cena.

—¿Cómo terminó el partido?

Los ojos de Harold la atraviesan sin contestarle.

—Mi pobre bebé —dice la vieja, mientras toca el cabello oscuro de su hijo.

Él se deja acariciar, pero no pronuncia palabra. Echa una mirada hacia la cacerola, asomando su nariz.

—Cenamos en media hora —le alcanza a decir Olla antes de que dé un portazo.

Sube las escaleras, se encierra en su cuarto y corre las cortinas para bloquear la pesada luz del sol. Las paredes están cubiertas con posters de los Houston. Se tumba en la cama. La habitación huele a encierro, mezclado con el vaho del caldo de pollo que sube desde la cocina. El olor le hace sentirse hambriento. Busca a tientas una barra de chocolate en el cajón de su mesa de luz y saca también una revista porno. Comienza a ojearla en la penumbra, adivinando los pechos firmes y piernas torneadas que nunca tocará, las platinadas cabelleras que nunca olerá, los jugosos labios que nunca rozará. Su respiración se agita y comienzan a caerle gruesas gotas de sudor por la frente. En 25 años las únicas presencias femeninas con la que había tenido contacto eran su madre y Rita, su vecina, una vieja flaca, llena de arrugas y con olor a cigarro y naftalina, que distaba mucho de esas mujeres de papel. De repente, siente la voz de Olla subir hacia su pieza.

—Harold, la cena está lista.

Esconde nervioso la revista debajo de su colchón, se traga de sopetón los restos del dulce y baja al comedor. En la cabecera, Bud, su padre, engulle una enorme pata de pollo, mientras los restos de comida le chorrean por la comisura de los labios.

—¿Le diste la ración a Tim? —le pregunta a su madre con un susurro agudo.

—Harold, es tu mascota. Yo no puedo ocuparme de él, hijo —le contesta Olla, con tono dulce, pero firme.

Desde la muerte de Joey, el pavo real que Bud le había comprado a Olla justo después de casarse, ella había decidido no hacerse cargo de ningún otro animal.

Joey había muerto diez años atrás. Fue en una tarde de verano, como aquella. Harold había salido a recorrer el terreno con su tractor, como era su costumbre. El pavo estaba viejo y ciego, y en un descuido su cuello flaco fue a parar bajo las pesadas cubiertas, que lo quebraron como a una rama. Harold escuchó el quejido, mientras decenas de plumas verdes y azules le cubrían la cabeza.

Un año después, Bud trajo a Tim a la casa. Era mucho menos vistoso que Joey porque nada tenía de realeza. Su plumaje era negro y tupido y la papada rojiza le colgaba sin ninguna elegancia.

Desde entonces había sido su único amigo. Harold había dejado de ir a la escuela hacía mucho tiempo atrás. Podía evocar sin mucho esfuerzo el coro de risas que provocó el matón de la clase cuando lo arriconó en el patio y le bajó los pantalones. Ese día llegó a su casa buscando consuelo en el regazo de Olla. Ahora ya casi no salía más que para arar la tierra con el tractor.

Se sentó a la mesa y comenzó a tomar la sopa ruidosamente. Bud seguía concentrado en las piezas de pollo, pero Olla lo contemplaba con una mirada suave.

—Harold, ya es hora de que empieces a ir más seguido al pueblo para conocer chicos de tu edad y buscarte una novia —comentó por lo bajo.

Harold no levantó la vista de su plato. Cuando terminó de comer, bebió un trago grande de Coca-Cola y subió a su cuarto. Se desplomó en la cama y tanteó buscando la revista aplastada por el colchón. Afuera, el sol comenzaba a caer. Adentro siempre era de noche.

Por Laura Seara

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