Cicatriz

El ocaso envolvía el retazo de una nube. Harold disfrutaba. Se esforzaba para no perderse ningún detalle, sus ojos hundidos buscaban protagonismo en un rostro triste y sobrecargado. Su nariz brillaba y la cicatriz de su frente era pintada con los últimos rayos de luz. El vestigio silencioso de una dura infancia nacía en el cuero cabelludo y se extendía hasta el comienzo de la nariz. Había sanado de manera adecuada, sin embargo las marcas de la costura improvisada aún permanecían.

La huella en su frente lo acompañaba desde su cumpleaños número diez. Bud y Olla, sus padres, habían creído la historia que en aquel momento inventó Harold: cayó de un árbol al que tuvo que trepar para rescatar a un gato. “Mi pequeño Harold”, dijo su madre al ver al niño lastimado. Pasados los años, la mujer profundizó los cuidados a su hijo. “Mi pequeño Harold”, repetía. Diariamente preparaba su desayuno con pan casero y huevos revueltos, ordenaba su habitación, lavaba su ropa y le dejaba jabón de lavanda dentro del placard para perfumar cada prenda. Ella, al igual que su marido, estaba convencida de que lo mejor para su hijo era que trabajara en las tierras familiares con su tractor.

-Las personas son una especie miserable y sádica, disfrutan gentiles de las desgracias individuales -insistía Bud.

La historia del gato era difícil de creer. Harold era poco ágil, se fatigaba con facilidad y jamás tendría una iniciativa de resolución ante un cambio en su rutina. Pero Bud y Olla necesitaban un motivo de verdadero orgullo, para acrecentar su amor y esconder expectativas inconclusas. Lo cierto es que nada de eso sucedió, esa fue la historia que Harold nunca intentó desmentir.

Aquel día sus ojos marrones encontraron más espacio para hundirse en su cara, la suave piel de su rostro no sintió temor, se expandió y se acumuló sobre sus pómulos. Cambió el andar alegre por pasos torpes y pesados. Esa primavera Harold había cumplido diez años, y con ellos obtuvo su primera bicicleta. El cuadro estaba pintado de azul, una línea blanca cruzaba el tubo superior desde el manillar hasta el asiento. Las palancas de freno eran plateadas y al final de cada puño tenía cintas de colores que bailaban al ritmo del viento.

No sabía si era felicidad. Pero al comenzar el día, sus deseos de salir sin rumbo con su bicicleta lo llenaban de valentía, como la que tenían los jugadores de fútbol, como la que tenían los niños que no comían papas fritas.

Salió de la escuela, caminó solo por los corredores, una manada de niños corrían desesperados buscando la puerta. Sobre el patio delantero se desplazó hacia la derecha, donde se ubicaba el sector de bicicletas, avanzó cinco pasos con ella al costado, se detuvo. La contempló incrédulo, ya no importaba la mirada esquiva de sus compañeros. Sus pensamientos se elevaban como el fuego que arde en el pasto seco, mientras cuatro jóvenes silenciosos lo rodearon con premura.

Recordar ese episodio endureció los músculos de su rostro, su puño izquierdo estrujó el aire. Su pulso se aceleró e intentó pensar en qué estaría cocinando su madre. Era inútil. Su mente estaba empecinada en evocar lo sucedido esa mañana.
Poco a poco los niños se fueron alejando de la escuela, no quedaba nadie. Eran cuatro los jóvenes que interceptaron a Harold, los que se aprovechaban de cuanto infeliz circulaba por los corredores de la escuela. El que dirigía el grupo sonreía a carcajadas, lo miraba y fruncía el ceño derecho. Uno de sus secuaces le quitó la bicicleta y la utilizó para empujarlo hasta lograr que cayera sobre el césped húmedo. Uno lo golpeó en el abdomen, se dobló de dolor. El líder, tomó la mano derecha de Harold y lo arrastró hasta llegar al cordón de la vereda. Lloraba. Ninguno sintió piedad. Se acercó el cuarto, que aún no había participado, lo agarró del pelo y con toda la fuerza de un joven de quince años golpeó su cabeza contra el cemento.
Harold logró detener el recuerdo, estaba aliviado, la granja de sus padres era el lugar donde nadie podía entrometerse, las plantaciones y su trabajo en el tractor eran la felicidad ahora.

Aún sentado sobre el tractor, observó el horizonte, extendió su mano derecha y tocó la cicatriz en su frente, le agradaba un poco, pero no podía admitirlo.

Aunque no era habitual, cuando Bud tenía demasiado trabajo era Harold quien iba al pueblo para ocuparse de la expensa doméstica. Así lo hizo, hasta que se cruzó varias veces con el líder de su antiguo ataque. El hombre, que ya era un padre de familia, lo reconocía, se observaban como fieras, Harold no sentía miedo, solo lo contemplaba con la frente en alto, tieso. El otro, al ver que se quedaba parado como estatua, detenía su mirada en la cicatriz y agachaba la cabeza. Los intentos de olvidar no servían, la cicatriz seguía allí.

Por Noelia Rocha

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