Niña lectora

Aún la escucho. “¡Hum! El pe rro corre”. La niña aprendía a leer. La mujer a su lado parecía docente, pero solo era una madre rigurosa. Su maestra le había recomendado ejercitarse en casa. Así que cada tarde avanzaba un poco más en el libro Lala, Lalo y Solo. La aprendiz se paraba junto al árbol de manzanas de su abuela, su madre lavaba ropa sobre una pileta de cemento. La pequeña sujetaba el libro con ambas manos, unía sílabas y palabras e intentaba cómo al aprender a andar en bicicleta mantener el equilibro. La madre guiaba la lectura en situaciones de dificultad, parecía fácil en los labios de la mujer. Sin embargo la niña se ofuscaba ante un escollo y se alegraba cuando descubría el sentido de un nuevo término. Después de veinte años, muchos son los rasgos de la niña lectora que aún permanecen en mí, uno de ellos, el amor por los libros.

La escuela pública me enseñó a dominar mi capacidad lectora y como una fiera rabiosa fui arrasando con cada libro que encontré en el camino. La biblioteca de mi madre, la casa de mi abuela paterna, el escritorio de mi tía maestra, la escuela, el liceo y la biblioteca de la Junta Local de La Coronilla fueron los lugares que me proveían de material para saciar mis curiosidades.

Leí Heidi, Hombrecitos, Cuentos de la Selva y me fasciné con el relato llano de Mario Benedetti. Desde ahí jamás lo solté. También leí La Biblia y algunos libros con historias religiosas relatadas especialmente para los niños, llegaron a ser mis libros favoritos.

Con la adolescencia nacieron otras inquietudes, fue el momento de la lectura perseverante y fantástica. Mi universo literario se extendió a lo político. Encontré nombre para cuestiones cotidianas de mi alrededor, el bajo sueldo que percibía mi madre y la necesidad de trabajar de mi abuelo aún después de jubilarse. Conocí la plusvalía, el marxismo, la nula distribución de riquezas y el materialismo histórico. Leí sobre Vladímir Lenin, análisis de Marx y libros como el Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena, texto que me permitió comprender el significado de la fuerza de trabajo y la explotación capitalista. Varios fueron los libros que, hurgando cajas, rescate del olvido. Me detengo por último en la novela del ruso Nikolái Ostrovski Así se templó el acero. Nunca la terminé de leer, pero supe pasar algunas páginas y conocer a través de sus personajes y escenarios un universo nuevo que me arrastraría de mi rutina pueblerina.

No importa qué nueva forma se invente para contar historias, nada se puede comparar al poder que poseen los libros. Nunca me ha importado su olor, a pesar de ser una obsesionada con los aromas. Para mí lo trascendente es la posibilidad de tener acceso. Tomar en mi mano el libro, sentirlo, saber que está ahí conmigo, siempre. Sobre la mesa de luz, en la biblioteca, sobre el escritorio, en el sofá, suelo dejarlos por todas partes.
Están junto a mí cuando voy al trabajo, siempre tengo dos por las dudas, uno relacionado con mi profesión y otro que me lleva a disfrutar la armonía de la palabra.

Mi atracción con los libros se da primero por el contacto, sostenerlo, abrirlo y recorrer de un santiamén todas las páginas. Luego, la vista se convierte en mi único sentido, me gusta ver títulos de diferentes tamaños, algunos evaden las mayúsculas, otros integran dos colores como la única combinación posible. A veces se introducen imágenes similares a una fotografía u otras se utiliza al dibujo como extensión de la palabra. En general, el diseño de tapa siempre encaja más con el autor que con los personajes.

Cuando llega el momento de abrir el libro, me introduzco en sus páginas como entregada al regalo de Gutenberg. Me escapo del mundo, conozco sin moverme. Huyo de la rutina imperante, conozco al otro, el cuentista y el personaje. Logro verme en cada página, como la heroína, la villana o como una mujer con sueños e intenciones idílicas de cambiar el mundo.
Leer es para mí un proceso que implica todo el trayecto vital, es aprendizaje y duda.

Por Noelia Rocha

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