Claroscuro del Delta

Claroscuro del Delta es una crónica de Rodolfo Walsh, publicada en el año 1969, sobre el Delta del Paraná. Relata desde la llegada de sus primeros colonos hasta la actualidad.

Está dividido en subtemas con sus correspondientes subtítulos. En cada uno de ellos trata diferentes aspectos del Delta. Son 8 subtemas que de alguna manera se continúan con cierto orden cronológico: comienza con los primeros pobladores hasta finalizar en la industria del papel.
En todos hay contraste. Quizás de ahí la palabra Claroscuro en el título. Si resalta alguna característica o acontecimiento favorable, lo confronta con algún hecho o consecuencia negativa. Por ejemplo, remarca las ventajas del boom de las lanchas de plástico y a su vez que no había nafta para utilizarlas. Es un matiz continuo de progreso y decadencia, que incluso puede ser la consecuencia del propio progreso, como es el caso del auge del negocio de la madera por el que ya casi no se encuentran árboles para amarrar los botes.

La crónica es circular, comienza y termina con el mismo personaje: Carolina de Seybold, una de las primeras pobladoras.

En el transcurso de la crónica se presentan muchos personajes, cuyos diálogos aparecen de forma constante a través de frases o pensamientos recogidos por el cronista. El autor se basó en entrevistas y testimonios de pobladores, familiares de inmigrantes y algunas autoridades. Las fuentes son orales y, en algún caso, consultó archivos de hidrografía y otros organismos estatales para obtener datos de ríos, extensión, superficie, etc. Es evidente que estuvo presente y recorrió todo lo que pudo del Delta. Lo deja ver en algunos detalles que sin duda fueron observados por él; tal es el caso de una cómoda pensión en Puerto Constanza que no figura en las guías turísticas, pero que se ubica “en la orilla de enfrente”.

La opinión del escritor en cuanto a algunos temas es definida y se deja entrever, por ejemplo, cuando dice: “Nunca pasó por la cabeza de aquellos gobernantes ofrecer al nativo las tierras y los créditos que tuvieron los primeros inmigrantes” toma partido por el poblador criollo, el cual fue desarraigado por la inserción del extranjero. A su vez es una crítica muy fuerte a los gobernantes de la época.

Cada subtema finaliza con una frase o diálogo contundente, como cuando compara las lápidas de los inmigrantes con las de los criollos, remarcando esa idea de que al criollo se lo abandonó para darle prioridad al inmigrante, y finaliza diciendo: “En ese rincón de Entre Ríos, alguien quiso que lo recordaran con dos palitos cruzados y un letrero orgulloso: ‘Nicolás Acosta, el entrerriano’. O también cuando, al mencionar el boom de las lanchas de plástico, marca la contradicción con que, “después de recorrer en menos de tres horas los 130 kilómetros que separan Tigre de Ibicuy, descubrimos que ni en el puerto habilitado para buques de ultramar ni en el cercano pueblo de Holt (5000 habitantes) había una gota de nafta.”
Las descripciones escasean, a excepción de dos escenas: el cementerio de barcos (“…la hierba horadando el hierro del Presidente, el marco de un cuadro sin cuadro enganchado en el cepo del ancla del Tubicha”) y el paisaje del río (“…el gris de los álamos entretejido como un gobelino con el verde de las casuarinas, las copas rojas de los pinos calvos”).

Los personajes son descriptos a través de gestos, actitudes, personalidad, no en base a características físicas. Así sucede cuando describe a Pablo Stopfka, un checo que llegó al Delta en 1938, como un “septuagenario de sonrisa infantil”, o a Carola, la esposa italiana de Segismundo que “entona Bandiera Rossa entre carcajadas”.

En un recuadro al final, presenta cifras del Delta dando la idea de que es un lugar inmenso, que en los 8 días que estuvo no lo pudo recorrer completamente y que quizás queden lugares vírgenes a los que el ser humano no ha podido llegar. Ubica al lector en la inmensidad del lugar y da cuenta de lo indomable de la naturaleza.

Por Magdalena Pérez

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