Buñuel en el ropero

Por Laura Seara

Que no está a la altura de los otros. Que los otros son popes, que a esta quién la conoce, no vas a comparar. La minita… ¿quién es?

Sábado de Pascuas, vigilia de Resurrección. En el pasillo del templo, los devotos se cuentan por centenas. A la hora señalada, a falta de asientos, algunos se instalan en las escaleras. El olor dulzón del azúcar quemado se reemplaza por el de la moquette rancia, las butacas acolchonadas por un cuero grueso y hostil y el ticket impreso en papel de fax por un boleto con troquelado.

La congregación no es la usual. Por eso se celebra con aplausos fervorosos. Porque allí no se vende ropa confeccionada con mano de obra barata, ni se escuchan sermones de pastores, ni se acumulan polvo y cucarachas tras puertas clausuradas.

Los fieles a este dios pueden orar en la comodidad de una cama, con una laptop en el regazo, en la segunda fila adentro de un shopping o en una sala con aislante de cartón de huevos. En esta religión, al templo lo hace uno. Pero este día la cita es en uno de los últimos grandes santuarios, escenario que dará cierre a un ritual que se repite desde hace 35 años.

Desde fines de marzo están ahí, custodiando el paso por la Cinemateca de 18 de Julio, en el tramo entre Yí y Yaguarón. Cuatro directores canonizados por el dios cine, que vinieron a desterrar a un viejo cartel descolorido. Con el nuevo festival llegaron los santos, las plegarias, los diez mandamientos, las repercusiones, las críticas, los indignados. Llegó Hitchcock, con sus mofletes y su suspense, y se instaló en el centro. A su derecha, Buñuel, navaja en mano, lista para cortar ojos. Fellini a la izquierda, con el megáfono y la prestancia italiana. Y la minita, entonces, ¿quién es?

Fue el día más caluroso de un diciembre la primera vez que me zambullí entre ese pegote de sábanas revueltas, el sopor del vino barato que se mezcla con el aire húmedo, la densidad del agua estancada y el olor ácido del pelo de perro.

La minita de los lentes de marco grueso es la cabeza detrás de La ciénaga, pero también es mujer, joven y latinoamericana en una industria de hombres que por lo general pasan los 60 y nacieron lejos de la Cruz del Sur.

Me regalan tres estampitas del merchandising. Fellini falta con aviso. A Hitch lo regalo. Tengo a Buñuel en el ropero.

«El cine que me interesa es el que sospecha de la realidad», dice ella. Por eso, tengo a Santa Lucrecia pegada en el espejo de mi cuarto.

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