Vigilia

Por Gabriela Fernández

Lo despertó el resplandor amarillo y se levantó a pesar del frío. Fue a la heladera, se sirvió agua y se acurrucó en el sillón frente a la ventana de su habitación. El viento se filtraba por las rendijas. Se tapó con la frazada hasta el mentón.

De la ventana de enfrente salía esa maldita luz. Apenas un callejón estrecho y oscuro lo separaba del apartamento de su vecino. Desde allí podía mirar para adentro sin que lo viera.  El escritorio de madera estaba contra la pared y arriba, entre un cúmulo de papeles, un libro abierto se iluminaba con la bombita que colgaba del techo. La cafetera humeante daba indicios de que alguien estaba cerca. Una tela de araña, pegada contra uno de los cristales, se abría como un abanico. En el medio, la araña trepaba lenta.

¿Qué haría su vecino? De él, solo sabía que a cierta hora encendía la luz. A pesar de sus esfuerzos por permanecer despierto, nunca lo pudo ver; el sueño lo vencía noche tras noche y se despertaba cuando el ruido metálico del despertador sonaba para volver al trabajo.

No pudo evitar pensar en mañana. Otra vez, en un rato, mañana. La oficina, el jefe, sus compañeros concentrados en expedientes inútiles. Horas de encierro frente a una computadora. Se le apretaron la cabeza y el pecho. Cerró los ojos. Los recuerdos del día pasaron por su mente como una película. Pero en esas imágenes también estaba ella. La vio parada en la esquina esperando el mismo ómnibus que él, alta y delgada como una espiga de trigo. El torso cubierto con un abrigo de paño azul y la bufanda a rayas envolviendo el cuello que adivinaba suave y perfumado. Los zapatos de tacón negros rematando sus piernas largas  que, más tarde, cruzaba y descruzaba buscando acomodarlas en el espacio reducido del ómnibus.

“Si al menos fuera mi compañera de trabajo, ¡qué diferentes serían los días! La tendría más cerca, sentiría su perfume y escucharía el taconeo firma de sus zapatos”, pensó resignado mientras se acomodaba en el sillón.

Abrió los ojos. Volvió a mirar al otro lado del vidrio. La cama sin tender parecía un nido de ratas. Llegó a percibir el polvo de la habitación; el olor a encierro. También el aroma a café que, sin dudas, salía de la cafetera panzona. Lo pensó alto y flaco, con el pelo largo y desgreñado y con unos lentes encajados en una flaca nariz aguileña.

Bostezó. Temía que el sueño lo venciera otra vez. Concentró su atención y puso sus sentidos en alerta. La araña, con su andar lento, había tapado por unos minutos la tenue luz amarilla que salía de la bombita. De repente vio cómo se abría la puerta de la habitación. Una figura esbelta y delgada como una espiga caminó unos pasos. El tapado y la bufanda cayeron en el piso y los zapatos de tacón quedaron al costado de la cama.

Escuchó el sonido metálico del despertador. Miró el reloj. Eran las siete.

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