Libros de la Arena, una librería familiar

Por Analía Pereira

Su nombre está inspirado en las obras Capitanes de la Arena de Jorge Amado y Libro de Arena de Jorge Luis Borges y en la cercanía del local con la playa. Ubicada en el barrio Pocitos de Montevideo, la librería Libros de la Arena es un negocio familiar lleno de historia.

El reloj marca las 13 horas de un martes de octubre, en el corazón de Pocitos el tránsito es pesado. Suenan algunas bocinas, muchos trabajadores salen a almorzar y el ruido de la calle junto con el viento ensordecen un poco en el cruce de Benito Blanco y Avenida Brasil.
A una cuadra del mar, Libros de la Arena le hace honor a su nombre y permite que los transeúntes eviten los granitos que vuelan de la playa y que inundan las veredas cuando hay días de mucho viento.

Hace 26 años, Alberto Correa vendía libros sobre una tela en la feria de Villa Biarritz. Así comenzó su carrera como librero. Unos años más tarde llevó el negocio más allá y, junto con un socio, crearon Octaedro, una librería con servicios de papelería. Poco tiempo después Alberto alquiló en la esquina de Benito Blanco y Avenida Brasil lo que hoy es Libros de la Arena.

Pablo es su hijo adoptivo y recuerda con dulzura haber crecido entre las estanterías del negocio familiar. No sabe si porque es martes, uno de los días más tranquilos, o por el clima fresco pero, a esta hora, la librería está vacía. Sólo el leve sonido de una canción instrumental llena el aire.

Joven, de barba, pelo negro un poco largo, Pablo camina sin apuro mientras recuerda algunas anécdotas que hacen a la historia del lugar. Hace pocos años que integra el equipo de cinco libreros, tras un pedido hecho por su padre antes de fallecer para que se uniera con su hermano Javier y continuaran con el negocio familiar.

Son las cuatro de la tarde y Libros de la Arena ya se encuentra bulliciosa. Entre susurros, el aire acondicionado da el calor que afuera falta y se une con los rayos de sol que pegan sobre el ventanal en la parte frontal de la librería.

En el sector de libros juveniles hay tres estanterías que encierran una pequeña mesa y dos sillas de madera. Generalmente exhiben Seda’ del italiano Alessandro Baricco, obra favorita del fundador de la librería, el libro más recomendado y vendido del lugar.

Allí se encuentra Jairo, joven, venezolano y licenciado en Letras. Vino a vivir a Uruguay en el 2015 por la crisis que sufre su país natal y comenzó su trabajo como librero en 2016 cuando se unió al equipo de trabajo de Libros de la Arena.

Dos periodistas lo entrevistan sobre su situación como extranjero en nuestro país y mientras responde, de piernas cruzadas y expresión relajada, su acento caribeño, caracterizado por el tuteo, retumba en las estanterías.

En el centro de la librería un chico mira atento la caricatura de Edgar Allan Poe que publicita El espantajulepes de Nicolás Barcia. Los tonos oscuros del póster combinan con el negro y rojo de los caños en las paredes que funcionan como estanterías, y el blanco y negro de las cerámicas en forma de damero que luce el piso.

Sobre la música de jazz que suena suavemente se destaca la voz de Henderson, que está atendiendo el mostrador. Su pelo es gris y tiene algunas canas blancas que hacen juego con la camisa que lleva bajo el buzo escote v. Sonríe amablemente antes de decirle ‘’Hasta pronto’’ a una chica que sale de la librería.

A la izquierda del mostrador, la sección de política tiene encantado a un hombre que lleva rato leyendo los prólogos de varios ejemplares. La mujer a su lado también está atenta, pero su mirada se dirige hacia arriba, al techo empapelado con páginas de libros. Un tiempo atrás, Pablo y Javier llegaron a Libros de la Arena y se llevaron la sorpresa de que había una parte de la librería inundada. El apartamento que se encuentra arriba había sufrido un problema sanitario y por unos caños rotos el agua se había filtrado. Además de manchar el techo había echado a perder muchos libros de cine. Después de limpiar y rescatar los ejemplares que aún quedaban sanos Javier decidió que no quería tirar los libros estropeados y, tras unas noches deshojándolos, él y sus compañeros libreros empapelaron el techo.

Es 6 de noviembre y son las 11.40 de la mañana. Hoy se cumplen cuatro años de la muerte del fundador de la librería. Javier comenta que es un día muy especial, mientras reordena en las estanterías el material que estuvo de oferta la semana pasada.

La música está alta y la librería está vacía. La puerta de entrada está abierta para que pase el  cálido aire de la mañana. Una mujer entra, su pelo es gris y corto hasta los hombros, mirando alrededor se acerca al mostrador donde está Pablo.

–Hola –dice despacio para llamar la atención de Pablo que está mirando la pantalla de la computadora.

–Hola ¿qué tal?

–Voy a vichar un poco –y acerca su cara a uno de los libros parados sobre el mostrador–. Me olvidé de los lentes –se justifica.

–¿Querés que te prestemos? –le pregunta Pablo mientras agarra un par de lentes de la estantería a sus espaldas y los limpia con la remera.

–Ah, así mucho mejor –exclama una vez que se los prueba–- Gracias.

Pablo sonríe.

Ella se aleja despacio caminando entre las estanterías y de lejos le habla a Pablo, él baja la música de fondo y permite que se entiendan con claridad.

– Busco Algún libro de regalo, es para una buena lectora. No puede ser muy grande porque se va de viaje, pero que sea de un buen escritor.

Pablo mira al fondo de la librería y levanta la voz:

–Jairo, ¿la podés ayudar recomendándole algo?

–Sí, claro –responde antes de ir al encuentro de la clienta.

–Busco algo para una amiga pero que no sea muy grande porque se va de viaje.

–Éste es un buen libro –dice mientras saca Seda de una estantería frente a él –y también pensando que no es tan pesado.

-¿Te gusta este libro a vos, no? –afirmando, más que preguntando.

–Sí, es un buen libro –responde mientras caminan juntos hacia otro sector–. Estos son muy buenos también–. Le muestra La portadora del cielo de Rikka Pelo y La inconcebible aventura de un hombre que fue otro de Manou Fuentes.

La clienta está indecisa y Jairo parado a su lado se asegura de mostrarle ejemplares que posan sobre un exhibidor.

–Si tuvieras que elegir entre estos dos –, le muestra La portadora del cielo y Seda.

–Es una decisión difícil pues los dos son buenos –responde mientras camina a otra sección de la librería–. Me acordé de estas dos opciones –. Le muestra Charlotte de David Foekinos y Genios destrozados vidas de artistas de Daniel Guebel.

–Éste lo tengo –dice agarrando Charlotte–. Me lo prestó mi hermana.

–¿Y a tu hermana le gustó?

–Sí –responde con una sonrisa.

–Es conmovedor, como una biografía pero con otra cosa.

–¿Vos sabés que me voy a resolver por este? –Lo interrumpe mostrándole Seda–. Porque estoy segura que no lo leyó y es un libro muy lindo. Muchas gracias –dice y camina al mostrador.

–Está bueno este libro –dice Pablo cuando lo recibe–. Es uno de los que más le gustaba al fundador de esta librería.

–¿Ah, sí? Es buenísimo, yo lo leí hace años.

–No puede faltar acá –dice sonriendo y termina de envolver el libro–. Ojalá le guste el regalito.

–Muchas gracias. Te dejo por acá los lentes –. Paga y se va.

La música resuena en las paredes de Libros de la Arena que ha quedado tranquila. Jairo vuelve a acomodar los libros que mostró en sus exhibidores correspondientes y Pablo ceba mate mientras trabaja en la computadora del mostrador.

Ya es casi mediodía y es hora de que Javier se vaya. Apurado sale del fondo de la librería con una mochila negra colgada en su hombro derecho y le comenta a Pablo algunas reformas que se harán, el 17 de noviembre se celebrará La noche de las librerías y el local debe quedar pronto para una mesa abierta de poesía nocturna. Después de algunas explicaciones y unas cuantas risas, choca puños con su hermano y se pierde entre los plátanos que adornan las veredas de la histórica librería familiar.

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