Comprender la consigna

Los días previos estuvieron marcados por las consignas de qué hacer el 8 de marzo. Le resultó difícil decidir a cuál acoplarse; elegir una acción que contemplara convicciones personales y colectivas, que reflejara sus propias fortalezas y se sobrepusiera a sus limitaciones. Nace así el intento de adherirse a la más básica de todas ellas, a aquella en la que las demás se sustentan. Comienza, casi simultáneamente, una lucha interna.

7/3/18- 22:00 horas. Su padre

Con dolor traga las ásperas palabras de su padre. La vergüenza, la decepción y la autoestima bajan silenciosamente por su garganta. No hay años de estudio, títulos o reconocimientos que lo convenzan: su profesión simplemente no es suficiente. Sus palabras decantan prejuicios y sus dichos traslucen la ignorancia. El trabajo de ella es “de mujer” y por tanto insuficientemente digno. Al igual que muchos otros, su papá no entendió la consigna. ¿La habrá entendido ella?

8/3/18 – 8:00 horas. Su túnica

El sol ilumina débilmente el edificio y comienza a picar en su cuerpo. Otro ocho de marzo comienza en pleno centro y lo hace acompañado de la angustia de la noche anterior y de la esperanza de un futuro mejor.

Despacio y en silencio, marca su entrada. Allí, sentada junto al reloj y prácticamente escondida, hay una caja con pines y cintas violetas. Dubitativamente estira la mano para alcanzar uno de los pequeños lazos. Pesa. Pesan su significado y el miedo al qué dirán.

De repente, se encuentra con una vieja conocida. Primero se paralizan sus piernas, seguidas por los brazos. Un violento nudo aparece y se anuncia en el estómago. Es la misma tensión que se hizo presente tantas veces en la última semana. La misma lucha interna que la acompañó en cada discusión y planificación. Pero esta vez no la doblega.

La cinta violeta resalta y colorea la túnica blanca de esta maestra que, mientras sube las escaleras, nota otras tantas en las de sus compañeras. ¿Habrán entendido la consigna?

8/13/18 – 10:30 horas – Sus pares

Orgullosa pero nerviosa entra a la sala de maestras. Algunas cintas violetas llaman su atención. Todo lo demás parece estar y comportarse como de costumbre. El fondo de café sigue asentado en la cafetera. Las fotocopias y los biblioratos siguen apelmazados en la repisa marrón (que por más estantes que le agreguen sigue sin dar abasto) mientras que la mesa -exageradamente grande para lo estrecho del salón- constituye el depósito de mates y mochilas. La puerta del baño permanece cerrada y la fila es tan larga que las mujeres colisionan con la heladera. En definitiva, todo sigue la modalidad tradicional. Incluso la charla de las maestras mantiene la dinámica habitual. Hasta que una lo lee. De repente algo cambia dentro del salón. “Feminicidio”. Otro más.

Qué es lo que se adueñó del cuarto: ¿habrá sido el silencio o el dolor? El dolor persiste y el silencio se convierte en historias personales. Cada una se convierte en un nexo a una instancia de violencia. Una de nosotras. Una de nuestras amigas. Muchos de nuestros familiares. A varias se le inundan los ojos. Y ella, tan joven y confundida, no puede dejar de acordarse de su tía, por tantos años victima de una sociedad machista. ¿Alguna de ellas estará entendiendo la consigna?

8/7/18- 14:00 horas – Sus alumnos

El día parece más largo que de costumbre. El sol sigue iluminando desde lo alto de su cúspide, pero su cuerpo le indica que ya es hora de acostarse. No es posible. Todavía quedan clases. La duda la inquieta; no hay planificación previa que la convenza. ¿Hasta dónde debe preguntar? ¿Cuánto debe enseñar? ¿Qué líos le acarreara todo aquello? ¿Cuánto y a quién empoderará?

Decide partir de lo que aquellos niños saben. Un poco para sorprenderse y otro tanto para poder respaldarse. Es una tarde complicada; los incordios parecen no quedarse quietos ni conocer qué es el silencio. Hasta que de repente, la rubia pequeña de la fila de adelante se levanta y dice:

-Feliz día de la mujer, maestra.

Pocas cosas le han infundido tanto coraje como esa frase. Por eso pregunta:

-¿Quién sabe por qué se conmemora este día?

Un varón de los «del fondo» levanta la mano. Sus amigos, atónitos, callan para escucharlo.

-Algo de una fábrica; eso nos explicó la maestra el año pasado.

-Unas mujeres que murieron encerradas -lo respalda rápidamente su compañero. Parece haber consenso entre ellos. Lucen conformes con su intervención.

Nuevamente, una de las niñas al rescate:

-No es solo eso. Las mujeres antes no podían hacer nada y hoy siguen sin poder hacer muchas cosas -añade con rectitud.  Y de pronto, uno de los varones lo escupe:

-A mamá en el trabajo la tratan mal. Le hacen quedarse más horas y sus jefes la molestan.

La maestra, sin saber qué hilo de la discusión seguir, le contesta:

-¿Y eso cómo te hace sentir?

El pequeño no contesta, pero sus compañeros ponen en palabras todo aquello que su cara refleja: “Qué injusto”, “Eso no puede pasar”, “Yo me enojaría mucho” y un triste y sentencioso: “A mamá también le pasa”.

La discusión continúa. Las historias inundan el ambiente. También las quejas: “¿Por qué no hay un día para los hombres?”, pregunta indignado el movedizo terremoto de la fila del medio.

-Todos los días son de los hombres -contesta la niña de la izquierda que sutilmente refleja la enseñanza de su madre.

La jornada ha pasado de largo y hay que escribir algo en el cuaderno. Ella, nerviosa pero contenta, les pide que reflexionen y escriban acerca de por qué es importante el 8 de marzo. Las respuestas son variadas. Algunos vuelven a lo de la fábrica, otros mencionan las libertades y las leyes, unos pocos no entendieron la consigna. De nuevo, ¿la habrá entendido ella?

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