Máximo, un muchacho de barrio

El último censo realizado por el Ministerio de Desarrollo Social en 2016 muestra que son 1651 personas en situación de calle en Montevideo. Acceden a los refugios 1095, las demás duermen a la intemperie. Máximo Varela tiene 26 años, es conocido por todos los vecinos de la cuadra y ha vivido la mitad de su vida en la calle.

Por Noelia Rocha

La calle Ana Monterroso de Lavalleja lo cobijó durante su infancia cuando aún vivía con su familia en la cooperativa de ayuda mutua COVIAN, también cuando no tuvo más alternativa que achicar en una esquina y enfrentar el día a día a la intemperie.

Máximo Varela ha estado en situación de calle de manera intermitente desde los 12 años, conserva una sonrisa fácil que desarma la indiferencia de los apurados y alivia las rachas invernales. Desvía la mirada ante el contacto visual, sus palabras muestran lo que sus ojos no dejan ver, el deseo de cambiar las cosas, entre ellas, conseguir un trabajo estable.

Son las tres de la tarde de un sábado de setiembre. Un calor extraño a la primavera toma fuerza sobre Cordón, los peatones padecen el peso del aire. Ana Monterroso deja de ser estacionamiento de quienes trabajan en la zona, pero aún tiene rastros de la feria que se está desarmando. Los paños se retiran, quedan algunos libros viejos, una cama de madera en buen estado y un teléfono beige con un letrero que dice Antel.

Sobre la entrada de un edificio con ladrillos a la vista, Máximo conversa con dos compañeros sentados a su lado. Contra la pared y tapado hasta la cabeza un cuarto hombre duerme. El trabajo de cuidacoche merma durante el fin de semana, los vehículos sobre la calle son de los residentes del barrio. Pero nada impide el encuentro con los vecinos, camina al trote para saludar al que llega y al que se va. Desde la cooperativa, enfrente, alguien le grita, observa callado y propone charlar en la plaza Líber Seregni.

Durante el trayecto relata su situación laboral. Trabaja para una empresa de fletes cargando y descargando, allí cobra noventa pesos la hora. Está disconforme, ese salario no le alcanza para alquilarse un lugar donde vivir.

Se sienta en un banco de cemento sobre la calle Martínez C. Martínez. Pocas personas circulan por la plaza, un grupo de niños identificados con un logo amarillo participan de actividades junto a varios recreadores. El sol va perdiendo el esplendor del mediodía, la primavera se hace sentir a través de una brisa que cobija.

Máximo lleva una campera azul de cuerina y una bermuda de jean sobre la rodilla. Sus palabras repasan la historia de su vida sin reconocerse. Detiene la mirada en un punto fijo, queda en trance durante unos minutos. Por primera vez muestra sus ojos negros, las pestañas cargadas resaltan la falta de brillo.

-Crecí sin madre, crecí sin padre.

A medida que avanzan las palabras, el tono de su voz disminuye, como si quisiera huir de esa historia. Nació el 19 de febrero de 1992 en Montevideo, hijo del matrimonio entre María Catalina y José Luis, tiene tres hermanos mayores. Víctor, que vive en el barrio Flor de Maroñas junto a su esposa y sus hijos. Cristian, del que no sabe nada hace varios años y José, que salió de la cárcel en diciembre pasado.

-Los niños son como una esponja, aprenden de lo que ven. Con ocho años perdí a mi vieja. A mi viejo lo perdí con 12. Salía para la calle y lo único que veía era delincuencia, droga, no tenía a nadie que me enseñara.

A corta edad Máximo quedó a cargo de su hermano mayor. El padre los dejó, desde ahí le perdieron el rastro definitivo. Se volcó a las calles para buscar respuestas o tal vez para olvidarse de otras.

-Me empezó a ir mal.

***

Es un mediodía caluroso de noviembre, llueve de manera torrencial. El Instituto de Meteorología anunció una alerta por vientos fuertes. Se abre el portón, sale una pareja joven con dos niños. Al preguntar por Paola, nadie responde. Dos vecinos toman mate bajo la baranda, saludan con un “hola”. Paola tiene 21 años, es amiga de Máximo desde la infancia.

Las viviendas de la cooperativa COVIAN se distribuyen sobre un patio central, a su alrededor se estructuran viviendas en la planta baja y en la planta alta. Pilares de cemento sujetan las barandas de las viviendas sobre el patio y al mismo tiempo son soporte para el corredor de acceso de la zona superior. En total son quince viviendas organizadas como duplex, el suelo del patio es de adoquines y la entrada tiene un portón de hierro negro que se divide en una chapa entera en la parte inferior y rejas en la superior. El reciclaje de la cooperativa, que antes era el Corralón Municipal, finalizó en 1996 con el trabajo de la Intendencia de Montevideo, los vecinos que ya ocupaban el predio y la financiación desde España del Municipio de Andalucía.

La espera fuera del apartamento dura unos minutos. Primero sale Julio, amigo de Máximo. Saluda y comenta que el apartamento está desordenado. La lluvia se hace más intensa, el calor no cesa. La puerta del apartamento es marrón, de madera maciza, parece recién comprada. En el interior sobre la izquierda un sillón desgastado de cuerina negra, en el centro una mesa ratona oscura. Alrededor tres sillones de un cuerpo, dos de ellos hechos con gomas de automóviles. Frente al sillón más grande, un mueble de mdf melamínico con un televisor de pantalla plana apagado. Las paredes son blancas hasta la mitad, la zona superior aún deja ver el celeste original que no ha sido tapado.

-Esta es la casa del pueblo.

Mientras lo dice, Paola sonríe sin pudor.

El dueño de la casa es Brian, un joven de 19 años que vive junto a su madre, Carolina. Ella le ha dado hospedaje de manera solidaria a varios jóvenes. Julio entra y sale recolectando ingredientes para hacer tortas fritas. Primero pasa con grasa y un plato, luego vuelve, pero no se ve lo que carga. Desde la cocina, integrada al living a través de una barra, saluda alegre Máximo.

-No sabía que venías.

Da vuelta y se sienta junto a los demás en el único sillón vacío. La entrevista que sería con Paola, se convierte en una charla de amigos en la que hay una infiltrada.

Máximo toma la palabra, aclara que nadie que no esté en la casa debe saber de su paradero ahí. Hace varios años que tiene la entrada prohibida por el consejo directivo de la cooperativa. Hay ocasiones en las que ingresa, por la lluvia, como en este caso, pero durante el día está cuidando autos enfrente de la cooperativa o haciendo alguna changa.

Máximo conoce a Brian de toda la vida, la cooperativa COVIAN fue su casa. Después de perder la vivienda que había sido de sus padres, continuo establecido allí, pero en casa de vecinos.

– ¿Dejaste el refugio?

– No, más de tres días sin quedarme no estoy.

Según el censo de población en situación de calle, realizado en junio de 2016 por el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), son 1651 las personas con esta realidad: 1095 pernoctan en refugios y 556 duermen a la intemperie. Dentro de esta población 94% son hombres y 8% mujeres.

A los pocos minutos la puerta maciza se vuelve abrir, entra un muchacho. Se sienta con el celular en la mano y el sonido de cada WhatsApp recibido no deja de sonar durante toda la entrevista. Paola y Brian le hacen bromas. No puede ser testimonio, es muy chico para recordar ciertas cosas, tiene 18 años.

-Es familia, vivió mucho tiempo conmigo, puedo confiar, puedo contarle algo, dos por tres pinta discusión, como toda familia.

Brian lo conoce desde la infancia, estuvo en todas las etapas de su vida. Habla pausado y prefiere guardarse algunos recuerdos.

-Somos muchos más.

Paola, como otros vecinos de la cooperativa aprecian a Máximo.

***

Durante la adolescencia, mientras estudiaba en el Liceo 12 Congreso de Tres Cruces ubicado en el Parque Batlle comenzó hacer de la calle su lugar, consumir drogas y robar.

-Se iba con la mochila a estudiar y volvía con otra.

Paola se divierte, los demás también.

Durante aquella época su hermano José había conseguido un arma. Sin que él lo supiera, Máximo se la sacaba y andaba con ella durante sus recorridas por la ciudad.

-Robar para mí era robar en general, no importaba si era una rapiña, un hurto, un arrebato, un bolsillo, no me importaba, ya no sentía esa adrenalina que me daba al principio cuando recién empecé a delinquir, buscaba esa adrenalina y cada vez era peor, mucho más violento cada vez, no podía controlarme, era como un vicio, no me importaba ya si me llevaba plata, con tal de hacer maldad, era un placer diría, queda mal la palabra.

La ruptura con los vínculos afectivos es la principal razón que desencadena la situación de calle en las personas, concluye el censo del MIDES.

Los años de exceso que vivió Máximo, lo llevarían a distanciarse de sus hermanos, perdería su casa y pasaría a pernoctar en la calle. La confianza y la amistad de varios vecinos sería quebrada, en algunos casos sin vuelta atrás. Perdería también la libertad en el año 2010 tras ser procesado y recluido en el Compen (ex Comcar) donde estaría durante 27 meses.

***

El censo de 2016 revela también que la población que vive día y noche a la intemperie tiene, en promedio, 38 años años de edad, mientras que quienes acceden a los centros del ministerio rondan los 47. Revela, además, que no se encuentran casos de menores de 17 años durmiendo en la calle.

Desde mayo de 2017, Máximo pasa sus noches en el Refugio Socaire del MIDES donde tiene su cama y algunas pertenencias personales. Ingresa cada noche a las ocho hasta la mañana siguiente. El refugio le da hospedaje, pero también es un lugar donde se dan conflictos de los que intenta mantenerse alejado.

-Dejás un pantalón ahí, te diste media vuelta y te lo llevaron, eso hace mucho más difícil la convivencia. Está todo el sistema tensionado, me pongo tensionado, yo que soy criado en un ambiente recontra violento. Alguien me saca el teléfono, me enojo y creo, puedo llegar a ocasionar cualquier tipo de disturbios. El perjudicado siempre soy yo, según ellos si vos te ponés agresivo te desvinculan y no podés volver a ingresar nunca más.

Ahora lo que busca es cambiar la pisada, está estudiando soldadura en la Escuela Técnica Superior Marítima y quiere un trabajo formal. Es consciente que ni su familia y principalmente su madre quería esa vida para él.

Ni autos, ni peatones circulan en Cordón. Las tardes de verano en Montevideo son insoportables para Máximo. Primero porque el cemento colabora con la ola de calor y segundo porque las calles solitarias recortan sus ingresos. Camina despacio de un lado a otro de Ana Monterroso. Parece un resorte, rebota en su propio eje.  Cruza hasta la entrada de la cooperativa, portón por medio conversa con uno de los vecinos. Se mueve un auto, corre para guiar al conductor, le dejan algunas monedas.

Su rostro delgado y parco se transforma al sonreír, se ensanchan sus ojos junto a su nariz. Máximo tiene el cabello negro y tupido como el de las cejas. Usa un gorro de visera para cubrirse del sol y no lleva remera, desde la cintura al pecho sobresale un tatuaje de tres calaveras y cinco estrellas intercaladas.

La tarde se hace larga y los pensamientos profundizan ideas que prefiere evitar. Se sienta en las escalinatas del edificio de ladrillos a la vista, revisa el WhatsApp, espera que lleguen autos. Prende un nuevo cigarrillo.

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