La revolución de los trapos violetas

Primer Encuentro de Feminismos del Uruguay

A simple vista, todo era del mismo color. Las banderas que colgaban de las paredes, los pegotines que reposaban arriba de la mesa en la entrada, los llaveros, los pins y los pañuelos que se vendieron para financiar el evento. Todo era violeta. Algunas mujeres vestían remeras violetas, o buzos, o sacos, o pantalones. Para otras, bastaba con un simple accesorio como la chalina alrededor del cuello, el mate, los lentes, la mochila o incluso las medias.

Todo era violeta en el local de la Asociación de Funcionarios de UTE (AUTE) en Montevideo, que durante los días 8 y 9 de noviembre del año pasado se vistió de feminismo.

Las acreditaciones estaban programadas para las diez de la mañana. Sin embargo, quince minutos antes varias participantes coincidían en la puerta, bajo la sombra de un árbol de copa frondosa, escapando del calor. Todavía abundaba el silencio en algunas partes del lugar, que estaba divido en distintos salones donde más tarde se producirían los quince talleres.

Fue a través de estos talleres -que se realizaron de a tandas y en forma simultánea- que cerca de cuatrocientas mujeres, autogestionadas y autoconvocadas, abordaron temáticas como la lucha de clases, el patriarcado y el feminismo, el cuerpo como territorio en disputa, la prostitución, la explotación y el acoso sexual, el feminismo y la diversidad, la maternidad, los derechos sexuales y reproductivos y la historia del feminismo en Uruguay.

A las 10:30, mujeres solas o en grupos pequeños empezaron a llenar el sitio, que estaba decorado con varios trapos que expresaban consignas como “estamos cambiándonos nosotras para cambiar el mundo” o “tocan a una y tocan a todas”, que leían y repetían con la misma fuerza con la que se grita ese gol en el último minuto. Pero más que hinchas, la cancha estaba repleta de jugadoras. Eran de distintas edades y procedencias. Algunas provenían de organizaciones feministas de nuestro país, otras fueron por su cuenta. Había compañeras de Brasil y también de Argentina. La mayoría de las presentes tenía entre veinte y treinta años de edad. Muchas señoras tenían canas y arrugas, alguna que otra caminaba gracias a un bastón. Parada en el medio del patio percibí a una joven, no mayor de catorce años, que miraba para todos lados con los ojos bien abiertos, mientras sostenía con su mano derecha una mochila -violeta- con dibujos animados. En su pecho, resplandecía un pin con el símbolo femenino rodeando un puño en alto.

Cuando todavía faltaban quince minutos para arrancar, las mujeres conversaban, sonreían, festejaban con ojos vidriosos la concreción del primer encuentro de feminismos, cuyo objetivo principal era poner el movimiento “en movimiento”. Unir las luchas. Pensar, repensar, construir. Batir, debatir, combatir.

-¿Está todo listo? -preguntó una señora de anteojos gruesos color castaño a una chica que parecía liderar la organización.

-Sí. Todo listo -respondió ella, con los ojos fijos en la fotocopia del programa del encuentro-. Todavía no lo puedo creer -agregó sin pestañear.

La banda sonora escupía versos: “Malo, malo, malo eres, no se daña a quien se quiere”. “El que me quiere, me quiere libre”.  Y así.

En determinado momento, durante la espera, los gestos faciales cambiaron y los ojos se abrieron de par en par: había irrumpido un hombre en escena. “¿Eso es un hombre?”, consultó en tono sarcástico una mujer con vincha de flores multicolores a las chicas que estaban a su alrededor.  La respuesta fue un montón de carcajadas.  Él era uno de los pocos que se habían anotado para cuidar a los hijos e hijas en una guardería que ofrecía el encuentro, para que todas las mamás pudieran participar despreocupadas. Luego de él, se sumarían un par más.

La participación masculina en los talleres será, quizás, en los encuentros que vendrán. Éste, por ser el primero, fue dedicado enteramente a la mujer y a toda persona que se siente mujer.

A las once en punto, dos muchachas con la identificación de la organización llamaron a través de un megáfono a reunirse en el centro del patio. Inició así la presentación, en la que Cecilia y Camila introdujeron los objetivos del encuentro -compartir experiencias, articular las luchas y organizarse para militar en conjunto-explicaron el mecanismo de los talleres -que sería de a tandas de cuatro talleres simultáneos- y las reglas de convivencia durante los dos días, que incluían mantener el lugar limpio y en buenas condiciones.  Cuando terminaron, un pequeño grupo de mujeres comenzó a gritar “somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” y se hizo eco en las voces de las demás. El círculo se rompió cuando otra chica, en una esquina, exclamó “¡arriba las que luchan!” y todas respondieron con el puño en alto: “¡ARRIBA!”. Y enseguida aplausos, sonrisas. Finalizada esta presentación, las organizadoras se abrazaron, algunas entre lágrimas, como entendiendo la dimensión de lo que estaba pasando.

Enseguida la masa se dividió según las preferencias de cada una y empezaron los talleres simultáneos, que duraron aproximadamente dos horas. En este primer día, hubo tres tandas.

Lucha de clases, patriarcado y feminismo

Así se llamó uno de los talleres de la primera tanda del encuentro, que fue también el más numeroso, organizado por el colectivo Minervas que se autodefine como “feminista y antipatriarcal” -entendiendo “patriarcado” como el sistema imperante en la sociedad, caracterizado por la dominación masculina que somete a las mujeres, se apropia de su fuerza de trabajo y reprime su sexualidad-.

La dinámica fue simple: las mujeres se dividieron en seis subgrupos -cada uno conformado aproximadamente por quince mujeres-, leyeron un texto y debatieron acerca del tema que éste planteaba. Finalmente, se brindó un espacio para que cada equipo haga una síntesis de lo hablado para generar una instancia de debate más amplia.

Entre los temas centrales que surgieron de las lecturas se habló de las relaciones desiguales en la familia -en cuanto a la crianza de los niños y las tareas domésticas- y de cómo esto contribuye con el capitalismo, se analizó el feminismo como un movimiento institucionalizado, en parte gracias a la globalización y a ciertos organismos que tienden a “institucionalizar” las causas como, por ejemplo, las Naciones Unidas. Como conclusión global, se determinó que, actualmente, la mujer brinda todas las condiciones para que el hombre salga a trabajar y sirva al capitalismo y el Estado no cumple su rol de velar por la realización de las mujeres como trabajadoras y profesionales.

Al final del taller, varias participantes coincidieron en que la lucha feminista es “imposible” sin la solidaridad entre todas las mujeres. “No hay que hacerles zancadillas a las mujeres que quieren ocupar ciertos lugares, tenemos que darnos para adelante”, decía una joven de cabellos negros rizados resumiendo la idea. Y así finalizó la actividad, con aplausos y algún puño en alto disperso por ahí.

Machismo virtual

La segunda tanda de talleres comenzó luego del almuerzo, que fue interrumpido por una intervención que dejó a más de una vibrando de emoción. Una chica se paró desnuda en la mitad del patio, donde todas estaban comiendo. Su cuerpo estaba “inmovilizado” por varios hilos que oficiaban de cadenas. La consigna era escribir una palabra por cada cadena rota, hasta desencadenarla totalmente. Luego de quince minutos, su cuerpo blanco estaba completamente cubierto de rayones negros y rojos que gritaban “libertad”, “autonomía, “fuerza”, “dignidad”, “pasión”, “rebeldía”, “amor”, “revolución” y tantos otros ideales más. Fue una inyección de fuerza que sirvió para arrancar enseguida con la siguiente ronda de talleres.

Opté por el titulado “Machismo 2.0: Nuevas formas de violencia en las redes y cómo enfrentarlas”, llevado adelante por Helena Suárez, encargada de Comunicación de Cotidiano Mujer.

En el salón luminoso, con grandes ventanas que apuntaban hacia el patio, no había más de treinta mujeres. Todas estaban sentadas en sillas dispuestas en semicírculo.

Suárez comenzó el taller definiendo “redes sociales” como el espacio virtual en donde se desarrollan distintos tipos de relaciones y también describió el machismo, que refiere a todas aquellas “prácticas diarias” a través de las cuales “el sistema patriarcal se consolida”.

Seguidamente, la comunicadora profundizó en la brecha de género digital -en cuanto a que las mujeres participan menos en las redes y en la creación de contenido, generando poca representatividad- , antes de entrar de lleno en las distintas formas en que el machismo se manifiesta a través de estos espacios virtuales. Mencionó el revuelo mediático que generan ciertos casos donde la mujer es la víctima, la pornografía, las “campañas de desinformación” sobre el feminismo y enumeró los tipos de abusos más frecuentes en Internet, como la publicación de contenidos íntimos que humillan a otra persona -generalmente mujer- o el ciberacoso.

Finalmente, Suárez dio recomendaciones y herramientas que se pueden utilizar para luchar contra este machismo virtual como aprender el buen uso de cada medio y documentar y denunciar los abusos.

Más allá del taller

Además de los talleres, el encuentro contó con momentos de creatividad, esparcimiento y confraternización.  En la tarde del sábado, las feministas realizaron una intervención urbana en la Plaza Libertad, y, por la noche, una fiesta donde todas bailaron recordando a Emma Goldman, quien supo decir “si no puedo bailar, no me interesa tu revolución”. Entre graffitis, gritos y meneos terminó el primer día del encuentro.

Durante el domingo, el programa se desarrolló de forma similar, aunque con una sola tanda de talleres que tuvo lugar por la mañana.

Luego del almuerzo, hubo espacio para una relatoría, que resumió los principales temas tratados en los talleres, y finalmente el plenario “Pongamos el movimiento en movimiento”, cuya resolución más importante fue la organización de una actividad conjunta entre organizaciones feministas y feministas autónomas para el próximo 8 de marzo, que se empezará a gestar en febrero.

A estar atentos y atentas, que esta lucha recién empieza y no se detiene.

 

Stephanie Demirdjian

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