Abandono

Lo rodea un mundo abandonado. Sus ojos están pegados a la pantalla blanca que se va llenando de símbolos negros. Las manos, grandes respecto a su mediana estatura, golpean con violencia frenética el teclado; la derecha interrumpe a menudo ese agitarse para ocuparse del cigarrillo, que se va consumiendo, al lado en el cenicero.
Un par de piernas esbeltas ocupan la cama atrás, a sus espaldas, en espera.
El resto son libros y revistas desparramadas, cubiertas de polvo y manchas, una corbata roja de cotillón, unas medias solteras, un cenicero que nadie vacía, un vaso con Baylis seco.
Le gustaba darse vuelta y encontrar los rizos brillantes y la mirada cándida de ella, su pollera de flores; llenaba el lugar y le daba luz. Prolongaba de propósito su espera, le gustaba imaginársela ahí, ojeando sus revistas, dejando su perfume en las sábanas.
-Termino y estoy- le dice, lanzándole un anzuelo.
Los labios de ella se quedan quietos, como el resto de su cuerpo. No tiene ganas de pelear. Finge no hacerle caso con una sonrisa serena y sigue dando vuelta a las páginas satinadas. La espera agudiza en ella la lucha entre el sentido de culpa para no haber ido a estudiar a la biblioteca y la necesidad de salir de sus esquemas. Su cara busca el calor de los rayos de sol, que filtran de la buhardilla logrando suavizar el enfrentamiento interior.
– ¿Quieres una copa?- Está parado en frente a ella y le sonríe.
Aurora sigue actuando y le pregunta si leyó el ultimo libro de Hornby indicando la reseña.
–No, me parece que no me interesa- contesta él, levantándole la pollera. Con una caricia le saca la bombacha.
–¿Alta fidelidad, lo leíste?
El cuerpo de Aurora se entrega y finalmente la boca se calla para disfrutar del amor casi violento. Por un rato solo se escuchan ruidos sordos de objetos que caen, y gemidos sofocados entre los besos. El sexo era la única forma con la cual lograban dejar de lado sus incomprensiones, el deseo de caricias proclamaba la tregua.
-Ahora quiero vino, sí. ¿Vas a buscarme una copa?
Cuando él vuelve, ella tiene un cigarro prendido, las piernas cruzadas en el aire, la mirada distendida y dulce.
-¿Hiciste algo, ayer?- le dice tendiéndole la copa.
–No, trabajé hasta las dos, y estaba cansada, me fui a mi casa- le contesta ella sin entusiasmo.
-¿Y vos?- le devuelve la pregunta.
–Lo usual.-
¡Cómo la fastidiaba eso! “Lo usual”.  Tenía una maldita habilidad de trancarle puertas en la cara, y ella odiaba esa sensación de quedarse parada ahí, en el frío y triste.
Él prefería no pensar en sus peregrinaciones nocturnas, que vivía con fatalidad, un trago atrás de otro, un boliche atrás de otro, las mismas caras, las discusiones sobre el cine bizarro, y la ultima declaración del Presidente usadas como tentativa de abordaje a las dos chicas de turno, para ganarle la apuesta a sus amigos.
Ella se apiadaba tanto del mundo de él como lo necesitaba. Hasta que fuese él a hacerse el poeta bohemio, a vagabundear por las noches, con las uñas largas y la chistera, a no tener despertador ni ropa limpia, ella podía con algunas pequeñas incursiones ilusionarse también de vivirlo, conocerlo, ser parte de esto.
-¿Cómo te va con la novela?- Aurora vuelve a buscar una brecha, indicando con la cara la computadora en stand-by. Ya sabe la respuesta, pero igual le pregunta, por una especie de ritual, por ser fiel a su papel de mujer de escritor.
-No sé, estoy en la mitad del proyecto que me planteé.
“Entonces, falta poco para que lo abandone,” atraviesa su cabeza. Se lo representaba como un pobre diablo, no podía admitir su dejadez, su falta de entusiasmo y de esperanzas. Tenía veintitrés años y cargaba la desilusión de un viejo golpeado por la vida.
Era la primera vez que se ponía en serio a escribir algo, Augusto DeSanctis. Ya veía su nombre impreso en la tapa del libro azul. Sabía que podía hacerlo, lo que le faltaba era cómo. El abismo entre las convicciones y la realidad volvía a abrirse exactamente a unos pocos centímetros de sus pies. El pragmatismo de ella lo asombraba y lo encerraba. Le hubiese gustado que se quedara ahí, a calentarse la piel al sol, las uñas rojas de los pies tijereteando el aire. Si ese ángel lo asistiera, estaba seguro de poder avanzar en forma significativa.
Aurora está atándose las sandalias.
-¿Ya te vas?
-Sí, tengo que fotocopiar un libro antes de ir al trabajo.
Frente a la punta de abandono que reflejan los ojos de Augusto, agrega:
-Igual, vos me habías dicho que solo podías hacer una pequeña pausa.
– Sí, sí, así es. Bajo contigo, voy a comprar cigarros.
¿Por qué seguía buscando estos recortes de su tiempo, por qué no mandaba todo a la mierda descaradamente? Un día sí lo haría, estaba segura, pero todavía no. Ser admitida en la alcoba del poeta era lo único que la arrancaba de la mediocridad de su vida. La convicción de Augusto de “ser especial” pagaba todo, y la histeria terminaba no importándole.
Se separaron con un beso ligero, arrancando por calles opuestas.

Rossella Petrolati

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