¿El yoga como trabajo?

Viste pantalones anchos de tela natural, de color claro, es alto y muy flaco; su figura corresponde a lo que uno se imagina pensando en un yogui.

– ¿Cómo empezaste a dar clases de yoga?- A la más banal de las preguntas que se me ocurre, él empieza a contar de cuando tenía 20 años y trabajaba como informático en un frigorífico, y gracias a un compañero tomó contacto con el mundo del yoga. De ahí a transformarlo en su medio de sustento pasó el tiempo necesario para la formación básica.

-En los anos ’90, en Montevideo, había dos o tres escuelas de yoga, hoy todo el mundo da clase, en cada barrio hay para elegir, y hay de todo. En aquella época éramos unos pocos colgados.

Él se formó y trabajó años en el centro Satyananda, que hace unos pocos meses seguía existiendo en el Centro de Montevideo. Viajó varias veces a la India donde también siguió cursos y profundizó aspectos de distintas escuelas de yoga.

-Ahí aprendí a tocar el armonium y los mantras que canto al final de la clase para acompañar la relajación, la India es un viaje, hay que ir no se puede explicar.

Yo pruebo imaginar eso y me doy cuenta que no puedo, lo que debe ser para un joven uruguayo, crecido en la época de la dictadura que recién termina, no solo salir al mundo sino irse a la India.

Recuerda uno de los viajes que hizo con un amigo y le brillan los ojos, la sonrisa ancha y serena más que las palabras trasmiten el sentido de la experiencia, que de hecho no te puede contar, desliza hacía el ultimo mes que pasaron en Europa, y ahí sí, te da detalles de la mujer que les cocinó una pasta en París, que después de semanas como vagabundos fue como encontrar agua en el desierto.

-Y ahora son como 5 años, más o menos, que me fui del Centro y empecé a dar clase acá.

Estamos sentados en los sillones blancos en una esquina de su living, un espacio ancho, rectangular y prácticamente vacío excepto un mueble lleno de discos y cds arriba del cual cuelga un viejo equipo profesional de música. En el aire queda el olor a incienso que prende un poco ante de las clases. Más o menos tiene tres grupos al día, no entran más de cinco personas a la vez.

-Si, al principio fue un poco duro, yo me fui porque ya no me gustaba estar a las reglas, o sea, si trabajas para un Centro tenés que seguir la línea de esa escuela. Yo acá hago una propuesta un poco distinta, más libre digamos, no es que siga estrictamente una escuela, los caracteres principales del satyananda quedan, es mi base, pero después voy mezclando también otros elementos. Los primeros años casi no llegaba a los diez alumnos, ahora ya tengo un buen grupo, empezaron a caerse los amigos de los amigos y así.

“De hecho acá estamos en una típica situación montevideana,” agrego yo, donde todavía la gente trabaja “libremente” en su propia casa, ceba mate y da clase, consulta psicológica, masajes, sin que el Estado castigue.

-Claro, no me pongo a pegar carteles. La gente llega por conocer alguien que viene y eso también aporta. A diferencia de un centro donde anda todo el mundo acá el grupo es bastante parejo, como edad, intereses, y eso está buenísimo, hacemos un par de asados al años, donde van todos, gente de grupos distintos que nunca se cruzó y siempre nos divertimos muchos, nos sentimos cómodos, tenemos intereses en común.

-¿Asados?

Se ríe, esto hace parte de la libertad que se conquistó trabajando solo. No por ser un maestro de yoga deja de ser uruguayo.

–No hay que ser estrictos, no sirve. El yoga es una filosofía, uno la tiene que aplicar a su realidad para mejorarla no para castigarse. Para mí renunciar a la carne sería una pena y no es eso el objetivo. El yoga te sirve a reconocer lo que te hace estar bien, a escuchar tu cuerpo, no a castigarlo.

Tocan el timbre. Me tengo que ir. Federico empieza a recibir sus “cachis”, no le gusta llamarlos alumnos, de hecho lo interesante es la búsqueda común que se arma en cada clase.

-Siempre depende como está cada uno- me dice. En broma, al principio a veces les pregunto: “¿Cómo andamos hoy de 1 a 10?”, y les digo “Bueno, este 5 por lo menos lo vamos a levantar a 6 o 7”.

Me voy con esta idea de lo lindo que es trabajar la buena disposición y ver los logros, de la energía que circula en las clases, y me cruzo con los abrazos que acogen a los que llegan y al mate que empieza a dar su vuelta.

Por Rossella Petrolati

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