El país de Quiroga

La crónica fue escrita por Rodolfo Walsh en 1966 luego de un viaje que realizó a la selva de Misiones para conocer el lugar donde había vivido Horacio Quiroga. El título adelanta de lo que hablará «El País de Quiroga» .
En el relato comienza describiendo una escena de cómo era la vida del escritor en ese lugar, cómo lo conocían y lo veían los demás. Mientras habla de Quiroga menciona algunos de los personajes de sus cuentos acompañándolo en su recorrido por la selva, como Carlota Phoening de «Los Inmigrantes», Joao Pedro y Tirafogo de «Los desterrados», y Orgaz de «El techo de incienso».

Walsh divide la crónica en seis subtítulos. Al primero le pone «Paisaje, ausencia» y allí describe el lugar, la casa de Quiroga, dónde estaba ubicada y el vasto recuerdo que queda sobre el escritor. Explica que ese mundo que creó en cuentos ya no existe por aquellos lados y quedan muy pocas personas de la época en la que vivió Quiroga. Resalta que sólo una persona de quienes lo conocieron y padecieron dice que conocerlo fue una suerte: Juancito Juárez, quien fabrica muebles y guitarras con herramientas que fueron alguna vez de Quiroga. Walsh cuenta que Juancito tiene entre sus cosas una primera edición del clásico libro «Los desterrados» que Quiroga le había regalado a su padre, uno de los grandes amigos del escritor, Isidoro Escaleras, quien le cuidaba la casa en su ausencia y recibía cartas escritas por Quiroga desde la ciudad.

El segundo subtítulo «Reprobación y leyenda» repasa qué concepción había de Quiroga en el lugar. Los habitantes del lugar expresaban que había sido «ignorado, menospreciado y a veces detestado», y luego incluye la palabra de vecinos que hablan del escritor y no revelan rencor sino que consideran que era incomprendido, un «loco».
Las frases que elige citar Walsh tienen que ver con eso, por ejemplo uno dice «Quiroga en el fondo no era malo, era loco», o «cada uno tenemos nuestras taras», mientras que otro asegura que «lo agrandaron después de muerto».

El tercer subtítulo lleva el nombre de «El Testigo» que cuenta como el propio Quiroga hablaba de sí mismo a través de sus personajes, y muchos de ellos tenían características de su propia personalidad, o cuentan historias de cosas que él vivió.

El cuarto, llamado «La brecha» que habla de el partido que tomaba Quiroga ante distintas situaciones a la hora de escribir, no literalmente pero sí a través de la historia que contaba. Walsh pone ejemplos de cuentos de Quiroga donde mostraba, mediante el final de los personajes, cómo «el gringo quedó como dueño de la tierra y el peón es siempre criollo», además de la «esclavitud del trabajo para el nativo, y la inviolabilidad del patrón».

El quinto subtítulo, denominado «Muerte y resurrección» repasa el cambio de San Ignacio desde la muerte del escritor hasta la actualidad, donde los turistas acuden a ver las ruinas de lo que fue su casa que hoy se convirtió en museo. También aborda el cambio de su sociedad, del crecimiento de las plantaciones, los cultivos, los agricultores, etc.

Por último cierra con un subtítulo que dice «Nuevas historias» donde cuenta las anécdotas que se escuchan en los pueblos vecinos a San Ignacio que podrían servir de historias para un escritor como Quiroga.

Como fuentes utiliza a los vecinos, a los libros de Quiroga, y lo que sabe de la historia del escritor. Las descripciones son más que nada del lugar, de la casa, de la selva y no tanto de los personajes. De éstos resalta más bien algún aspecto de su personalidad más que físico.

Camila Cardoso

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