Una luz desde la ventana

En la casa estaban todos. Adentro, el calor se hacía insoportable. Como pudo se escabulló de los mayores y salió al aire. La luz de la luna aclaraba la noche y la cantinela de los grillos lo aturdió. Circundó la casa como todos los días. Siempre recorría ese camino para ir a la escuela. Hacía ya varios días que su madre no quería comer y andaba como un fantasma por la casa. Cuando empezaron los dolores la abuela se vino a vivir con ellos.

A su mamá le prepararon el cuarto de la ventana. No se olvida el día que la ayudaron a acostarse. Después, ya no se levantó y él no pudo entrar más. Solo la abuela tenía ese privilegio. A veces llevaba una palangana con agua tibia; otras, remedios, tinturas, yodo, alcohol, apósitos o paquetes de algodón. Pero la abuela siempre cerraba la puerta. A veces, por descuido, quedaba entreabierta. Él, agachado atrás del marco, intentaba ver en la penumbra. Apenas vislumbraba la sombra de la cama recortada en la pared.

La abuela decía que a su mamá le molestaba la luz y que por eso la celosía también tenía que estar cerrada. Ahora él estaba debajo de la ventana y escuchaba el rumor tenue de la conversación que venía de la habitación.

Se subió a la escalera que alguien había dejado recostada contra la pared. De la ventana salía un vaho caliente y húmedo con el olor agridulce del sudor y los remedios. Arrimó la cara a la hendija de la celosía y allí la vio: tendida en la cama. Apenas un bulto casi invisible debajo de las sábanas. Pálida, pero con un dormir sereno.

Bajó de la escalera.

Después supo que ese había sido su primer encuentro con la muerte.

 

Por Gabriela Fernández

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