Pensando la privación de libertad: Adolescentes, encierro y estigma

Por Ignacio Linn

El sábado 24 de setiembre se llevó adelante en el CUR (Centro Universitario de Rivera) un taller de información y sensibilización sobre la privación de libertad en adolescentes coordinado por la Casa Bertolt Brecht junto al colectivo Homoludens.

Un amanecer fresco y despejado recibió a Rivera el sábado, de esos días que invitan termo y mate. La calma matinal de la ciudad fue poco a poco menguando y los sonidos de algunas motos comenzaron a recorrerla. El CUR abrió sus puertas a las ocho, y allí el equipo coordinador del taller dispuso del lugar para comenzar las actividades. Mientras los participantes iban llegando, un muchacho joven, que trabaja en el centro desde hace un par de años, mostraba los árboles frutales del patio. Mandarinas, naranjas, higos. La universidad en el interior del país tiene esos detalles. Las 32 personas que participaron, en su mayoría jóvenes, se dispusieron en círculo en el aula central del CUR. Fueron convocados por estar vinculados al trabajo con adolescentes: INAU, docentes, integrantes de la Comisión No a la Baja de Rivera, Centro Universitario de Rivera, centros juveniles y organizaciones sociales, sumados a los llegados por el día desde Montevideo y organizadores del taller. El objetivo fue discutir acerca de la necesidad de la instalación de Medidas No Privativas de Libertad en Adolescentes penados por cometer una infracción a la ley, y transmitir a aquellos que se encuentran por fuera de los ámbitos de “convencidos” que privar de libertad a un adolescente a causa de un delito cometido no es la solución al problema.

Verónica Silveira, representante de la Casa Bertolt Brecht, coordinadora de la actividad y oriunda de la ciudad, comentó que el ciclo de talleres busca trasladar, a aquellos departamentos donde la votación por el “SÍ” a la Baja de edad de imputabilidad penal juvenil fue superior, un discurso que rompa con la idea hegemónica que está instalada en el país que vincula a los jóvenes con la pobreza y el delito. Durante este año se realizaron talleres en Minas, Florida, Maldonado y Rivera, uno por cada departamento. Uno de los principales puntos que abordan gira en torno al concepto de “menor”, que en el imaginario colectivo se ha instalado como sinónimo del responsable de gran parte de los problemas asociados a la violencia y a la delincuencia en el Uruguay. Citando al sociólogo Luis Eduardo Morás, Verónica enfatiza la idea de que existe una diferenciación clara entre adolescentes y “menores”, que se evidencia en su situación de clase. Los “menores” son parte de los sectores más empobrecidos del país. En este sentido, se los estigmatiza y criminaliza.

Un grupo de participantes del taller realizó una pequeña actuación, en la que mostraron cómo el sistema educativo comienza a alejar y expulsar a muchos jóvenes pobres, privándolos de oportunidades y formación; pero al mismo tiempo siguen influenciados y sometidos a un sistema que les exige éxito y gran capacidad de consumo de bienes. En la representación, el adolescente comete un hurto bajo esa presión, hecho que lo re- estigmatiza y re-excluye. La consecuencia, siempre, es el comienzo del vínculo con las instituciones policiales, judiciales y de reclusión. Para ese entonces, la educación y formación quedaron atrás, inaccesibles. Rivera presenta la particularidad de acentuar estos procesos, por su característica de ciudad frontera-comercial. La desigualdad es muy vívida. Free shops y tiendas con gran cartelería, modelos, objetos de consumo de alta gama y ambiente de consumo frenético. Esta expresión del sistema económico cultural por excelencia convive con la pobreza, las viviendas precarias, el desempleo y la falta de oportunidades.

Centros de reclusión

Estos espacios destinados a mantener a los adolescentes fuera de la vida en sociedad, lejos están de lograr procesos de revinculación, educación y reinserción, son lugares donde los adolescentes pasan largas horas de inactividad y encierro. Esto plantea una gran variedad de problemáticas. Estando en Rivera, una participante del taller contó que los centros de reclusión de adolescentes se encuentran en el sur del país, principalmente localizados en Montevideo y Canelones, como la Colonia Berro. Esta distancia entre Rivera y la capital del país -500 kilómetros; más de seis horas de viaje en ómnibus- hace aún más complejo ese proceso de privación de libertad, y conduce muchas veces a un rompimiento y distanciamiento de los vínculos familiares, eje clave en el desarrollo en esa etapa de la vida. A esto se suman otros factores que agravan la situación: el suministro de psicofármacos sin criterio ni seguimiento, con el objetivo de calmar y sedar a los adolescentes encerrados, sumado a la falta de personal capacitado en ese sentido. También la falta de defensoría durante los juicios es moneda corriente, generando que en muchas oportunidades los juicios no sean apelados, dando espacio a un enjuiciamiento sin contralor.

La balanza

El título parece entreverado, implica una relectura obligada: “Medidas no privativas de libertad en Adolescentes”. Así se llama el libro publicado por la Casa Bertolt Brecht y compilado por Rosana Abella, donde se exponen los argumentos y razones que justifican y promueven la existencia de formas de trabajar con adolescentes infractores que no impliquen encierro. Entendiendo que la adolescencia es un período vital de la vida, donde se desarrollan gran parte de las capacidades vinculares, de aprendizaje y sociales, pensar en la reclusión en aquellos casos de delito que no sean gravísimos resulta contraproducente. De hecho, las normas internacionales y el Código de la Niñez y la Adolescencia ratificados por Uruguay recomiendan que la privación de libertad sea utilizada como último recurso, y por el tiempo más breve posible. Pero, como afirma el volante entregado en la plaza Artigas de la ciudad de Rivera, la cárcel es una medida muy aplicada por el Sistema Penal Juvenil. La ley 19.055 del año 2013 implica, entre otras cosas, que la privación de libertad para adolescentes mayores de 15 años “se establezca antes de su sentencia y que la misma tenga una duración no inferior a los doce meses”. Es decir, un joven de 15 a 18 años puede ser encerrado por doce meses sin sentencia del juez. Así como se escucha. De este modo se encierra rápidamente a aquellos “menores” que además carecen de acceso a una defensoría legal.

Las coordinadoras del taller enfatizaron la idea de no idealizar a los adolescentes que se encuentran en infracción con la ley. No pasa, dicen, por creer que son angelitos. Pero sí por comprender cuáles son los factores que los conducen a comportarse de ese modo, y por pensar en medidas que impliquen reintegración y no más exclusión.

Rivera, al norte

Caminar por la ciudad de Rivera cansa, y las bicicletas escasean. Repechos largos hacen que las distancias cortas sean, a veces, extenuantes. Pero la vista de la ciudad que se tiene desde la altura de algunos de sus pequeños cerros, como el Marconi, premia al caminante. La calle Sarandí, principal avenida de la ciudad, está cargada de free shops, comercios, bares y restaurantes, que conviven con los dos o tres puestos callejeros por cuadra que ofrecen casi en exclusividad jarras eléctricas para calentar agua y medias. El aire de frontera se respira, y el idioma portugués se escucha permanentemente. El rumor es que con el tipo de cambio a los brasileros no les está conviniendo comprar en el lado uruguayo, lo que ha hecho que varios comercios cerraran sus puertas o bajaran sus ventas.

La actividad culminó con una intervención artística, cerca de las cuatro de la tarde, en la plaza Artigas. Por un lado, los participantes que realizaron el taller de expresión sonora se distribuyeron por la plaza y, para asombro de los transeúntes y vendedores de churros rellenos, comenzaron a vociferar ideas y conceptos asociados al encierro, la privación de libertad y la justicia, como la repetición a coro de las palabras “menor” y “estigma”, para culminar juntando a los grupos dispersos en la plaza y gritar al unísono, y caminando a la par, las palabras “juntos” y “paz”. Por otro lado, los que estuvieron en el taller de expresión plástica se dispusieron a pintar un mural. Una placa de MDF de dos por tres metros colocada contra dos pequeñas palmeras al borde de la calle hizo de lienzo. En el piso se desplegaron los croquis dibujados en el CUR: dos papelógrafos donde se veía un espiral que en el centro mostraba imágenes oscuras asociadas al encierro, el conflicto con la ley y las dificultades de la vida segregada. A medida que se avanzaba por el espiral, de adentro hacia afuera, en el dibujo comenzaban a aparecer imágenes que representaban el crecimiento, la libertad, el aprendizaje y la felicidad.

Siendo sábado en la tarde, muchos adolescentes recorrían la plaza, tomando mate, charlando y escuchando música. Varios de ellos se acercaron curiosos, y se los invitó a tomar un pincel. El mural se fue construyendo de a poco, entre todos los que allí estaban, mientras se repartían volantes informando acerca de la ley 19.055 y de la necesidad de pensar la privación de libertad en adolescentes. Un parlante de gran volumen del que se escuchaban canciones en español e inglés acompañaba la pintada y a unos quince metros, un grupo de capoeira se preparaba para danzar. Un perro de pelaje negro se hizo parte del grupo y aprovechó cuando se abrió un tupper con los restos del almuerzo y la merienda, que fueron compartidos entre todos los que allí estaban. A pocas cuadras, en la plaza Flores, los trailers –carritos de venta de comida rápida- ya están abiertos. Son al menos diez, uno al lado del otro, con sus mesas de plástico rojo y paredes de nylon transparente grueso para cubrirse del frío. Visita obligada.

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